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CONTEXTO HISTÓRICO
Especiales
Guerras Urbanas

CARTAGENA

“Rebeldes, insurgentes y traidores”. Las guerras urbanas de Cartagena en la época de la independencia

“Las calles estaban llenas de cadáveres que infestaban el aire
y la mayor parte de los habitantes se hallaban
moribundos por resultados del hambre.”
(Morillo, diciembre de 1815)


Ejecuciones del 24 de febrero de 1816 luego del sitio de Pablo Morillo.
Imagen tomada de: http://www.absolut-colombia.com/wp-content/uploads/2009/06/independencia.jpg

Desde los tiempos de su fundación, Cartagena fue escenario de contiendas armadas por mar y tierra. Corsarios, piratas y flotas navales de los imperios europeos disputaban el control de la ciudad, dadas las ventajas que tenía como el puerto de mayor importancia hacia el interior de la Nueva Granada, e incluso de Suramérica. Esta situación de perpetuo peligro obligó a la Corona española a construir durante el siglo XVII unas murallas casi impenetrables que protegieran la ciudad de los ataques externos. Ahora bien, durante las luchas de la Independencia, Cartagena se constituyó en una de las ciudades de más difícil sometimiento para patriotas o realistas, lo cual arrojó a sus habitantes a tres sitios que pusieron en juego la resistencia de sus fuertes y el coraje de los cartageneros.

Luego de la destitución del gobernador de Cartagena (Francisco de Montes) el 14 de junio de 1810 y la declaración de la independencia de la ciudad el 11 de noviembre de 1811, la agitación política de los cartageneros en torno a la Independencia los condujo a inevitables guerras en sus extramuros. Estos enfrentamientos involucraron a sus eternos rivales samarios, a los indomables momposinos, a los españoles de la Reconquista, a los patriotas de las Provincias Unidas y del ejército libertador, y a los cartageneros que se enfrentaron en dos bandos por el control de la plaza. Entre estos últimos estaban, por un lado, el grupo encabezado por don José María García de Toledo y don Manuel del Castillo y Rada, y por el otro, los hermanos Gutiérrez de Piñeres (Germán y Gabriel), oriundos de Mompox.

Las inquietudes políticas entre piñeristas y toledistas se incrementaron entre noviembre y diciembre 1814, en torno al régimen político que se debía establecer. El 17 de diciembre de aquel año salió elegido como presidente de la provincia de Cartagena por el Colegio Electoral José María García de Toledo. Como los perdedores de la contienda electoral fueron los Gutiérrez de Piñeres, éstos promovieron una rebelión al clausurar las puertas del salón de sesiones y no permitir a nadie salir hasta que se derogara la disposición de la constitución, en lo concerniente a la constitución del poder Ejecutivo. Los diputados terminaron cediendo a la solicitud del bando piñerista, dado que se dispuso que el ejecutivo estaría constituido por dos cónsules, en lugar de un presidente. De hecho, se eligieron como cónsules a García de Toledo y a Gabriel Gutiérrez de Piñeres, enemigos irreconciliables.

Más aun, Lemaitre señala que la situación no cambió con la elección de los dos cónsules, dado que:

“Como era apenas natural, Cartagena quedó estupefacta ante aquellos desórdenes que la exhibían a los ojos de propios y extraños como un Estado incapaz de gobernarse juiciosamente. Profundamente disgustados por los abusos del piñerismo, los toledistas se abstuvieron de continuar asistiendo al Colegio y el 23 del mismo mes de Diciembre, los “Cónsules” renunciaron a sus cargos con el objeto de que se eligiera un tercero. Que era precisamente lo que los piñeristas había buscado. Pero como ese mismo día el Colegio Electoral se disolvió, delegando en la Legislatura (Senado y Cámara) la resolución de la renuncia consular, el resultado fue que el Estado de Cartagena quedó en completa anarquía durante los últimos días de 1814.” (Lemaite, 1983, tomo III,: 84).

La situación empeoró el 5 de enero de 1815, cuando el capitán D’Elhuyar redujo a prisión a García de Toledo y sus principales tenientes, y la legislatura eligió como presidente al venezolano don Pedro Gual. Enterado de estos sucesos, el coronel Manuel del Castillo y Rada, que se encontraba en Sabanalarga desde el año anterior organizando una expedición contra Santa Marta, regresó a Cartagena a restablecer el orden. Del Castillo recibió ayuda en víveres, dinero y hombres de Barranquilla, Soledad, Sabanalarga, Malambo, Campo de la Cruz, Santo Tomás y Turbaco. Avanzó hasta Cipacoa, Ternera y Alcibia, siendo recibido por unos disparos de cañón desde el castillo de San Felipe. Manuel del Castillo tomó la Popa, y los piñeristas, desagradados con Gual porque no impedía el avance del enemigo, conspiraron contra él para destituirlo a favor de Pedro Medrano. Sin embargo, Gual se precipitó al ocupar la Puerta de la Media Luna, redujo a los piñeristas, se puso en contacto con Castillo y Rada, y recuperó el orden el 18 de enero. Todo finalizó con la expulsión de Germán y Gabriel Gutiérrez de Piñeres y sus adeptos más cercanos.

El nuevo enfrentamiento bélico en Cartagena se produjo en marzo de 1815.  Simón Bolívar había sido destinado por el gobierno de las Provincias Unidas como comandante encargado de la recuperación de Santa Marta del poder de los realistas, y antes de emprender su misión, debía pedir en Cartagena un apoyo en hombres y armas. El Libertador había entablado con los Gutiérrez de Piñeres una estrecha amistad e incluso había incorporado en sus tropas al propio Vicente Celedonio (hermano de Germán y Gabriel que se encontraba en Mompox). La cercanía del Libertador fue tomada por  Manuel del Castillo, y el nuevo gobernador Juan de Dios Amador como una amenaza para la tranquilidad del frágil gobierno de la plaza, argumento utilizado para negar a Bolívar la ayuda que solicitaba. Ante la negativa y desobedeciendo las órdenes del gobierno general, Bolívar decidió sitiar la ciudad con el objetivo de hacerla cumplir sus peticiones, sitio que inició el 26 de marzo de 1815, instalando su cuartel general en el Cerro de la Popa. Los vaivenes del primer día son relatados por José Manuel Restrepo como sigue:

“Después de tomar semejante resolución, el general Bolívar adelantó sus marchas y fijó su cuartel general en el cerro de la Popa a la vista de Cartagena. Antes de ocupar esta posición, Bolívar envió al gobierno de la plaza el último parlamentario, con el objeto de ver si se podía persuadirle que se transaran las diferencias y se evitara el derramamiento de sangre: el parlamentario fue rechazado a balazos, rompiéndose las hostilidades desde aquel momento desgraciado y comenzando una guerra fraticida con gran placer de los enemigos de la patria. Para formar el cordón y estrechar el asedio, el general Bolívar puso destacamentos en Cruz grande, Alcibia, Cospique, Pasacaballos, y otros puntos de menor importancia.” (Restrepo, 1827, tomo V: 235-237).

En el mes de abril se dieron combates con triunfos y derrotas para ambos lados. Cartagena recibía el apoyo de los pobladores de su provincia, que veían a Bolívar y sus hombres como indeseables enemigos. Las autoridades cartageneras, que rechazaron el apoyo del Virrey Montalvo a cambio de jurar lealtad al rey Fernando VII, y Bolívar intentaron negociar la paz, pero las exigencias mutuas lo impidieron. Una de las batallas acontecidas fue la del 13 de abril, en la que los sitiadores tuvieron una victoria en Pasacaballos. Así narró lo sucedido el historiador Restrepo:

“Cartagena fue menos feliz en el ataque de la interesante posición de Pasacaballos en la extremidad meridional de la bahía. Una división de lanchas cañoneras con ciento veinte soldados intentó apoderarse de ella: en efecto desembarcó la tropa e hizo retroceder a los soldados de Bolívar, que defendían el punto; pero estos que se habían retirado para atraer a sus enemigos, cayeron de nuevo sobre ellos, mataron la mitad, y la otra mitad se ahogó pues no pudo alcanzar sus buques, que se hallaban distantes haciendo fuego. La pérdida de los soldados de la unión sólo fue de tres muertos y ocho heridos. En el campamento de Alcibia las tropas del general Bolívar eran molestadas frecuentemente por los fuegos de los buques de guerra colocados en el punto de la bahía llamado el Mangle. Entre este y la Ciénaga de Testa, situada al oriente de Cartagena hay un pequeño istmo en que pueden cruzarse los fuegos. Castillo habiendo interceptado una carta del mayor general Carabaño, infirió que el sitiador intentaba subir gruesa artillería al cerro de Popa, acercándola embarcada por la Boquilla. Para impedirlo y hacer más difícil la situación del general Bolívar introdujo con bastante dificultad, y sin que lo entendiesen las tropas sitiadoras, una división de lanchas en la Ciénaga de Tesca por el caño de Juan Angola. Desde entonces estas lanchas incomodaron continuamente con sus fuegos a las tropas de Bolívar, cruzándolos sobre los playones por donde se comunicaban los puntos de Alcibia y la Popa; así fue que ni los víveres ni el agua pudieron ya conducirse del pueblo de Ternera, sino con muchas dificultades. Aunque en el cuartel general de la popa había dos aljibes inmensos de agua recogida de las lluvias, el gobierno de Cartagena para que no sirvieran al general Bolívar, había hecho arrojar en ellos algunos cadáveres y otras materias corrompidas, de modo que el agua quedó envenenada. Por este motivo era necesario traerla desde Ternera.

Fuera de los fuegos de las lanchas, el cuartel general de la Popa era continuamente molestado por las bombas y balas que arrojaba el castillo de San Felipe. Los primeros días todas las bombas fueron perdidas por su mala dirección; pero después no pasaba día sin que algunas bombas reventaran dentro del convento en que se alojaba el general Bolívar, edificio que en mucha parte quedó arruinado. Bolívar quiso batir el castillo pero carecía de artillería gruesa y era imposible el subirla a la Popa en aquellas circunstancias. Como el sitiador no pensó en hacer seriamente la guerra a Cartagena cuando se acercó a la plaza, no llevó consigo los medios de rendirla, entre los cuales era absolutamente necesaria alguna artillería de grueso calibre como pudo tomar en el Magdalena; pero siempre carecía de municiones y útiles, así fue que sus operaciones se limitaron a ocupar los puntos más a propósito para impedir la libre entrada de víveres, y a mantenerse en ellos sobre la defensiva, esperando que de este modo el gobierno y pueblo de Cartagena para libertarse de las molestias de un bloqueo, consentirían en dar las armas y municiones precisas para la expedición a Santa Marta. Consecuente con esta conducta media, Bolívar jamás atacó ninguna posición de Cartagena, y sólo se trabaron pequeños combates cuando los sitiados hacían salidas, o sus avanzadas llegaban hasta las del general Bolívar, quien devolvió cuantos prisioneros hicieron sus tropas. Nada había, pues, adelantado contra la plaza en más de veinte días. Siendo tan dilatada la línea del bloque, y tan corto el número de sus tropas, entraban víveres a la ciudad por la parte de tierra, lo mismo que por la de mar. La situación del general Bolívar era bien crítica, pues para conseguir provisiones y aún el agua tenía que combatir o exponer sus tropas a los fuegos enemigos.

Pero nada era tan perjudicial a los sitiadores como el movimiento general de los pueblos contra ellos. Las proclamas y circulares del gobierno de Cartagena, las patrañas que divulgó contra el general Bolívar y sus tropas, y los crímenes que les atribuyó la rivalidad que de antemano existía en la provincia contra los venezolanos, había sido causa que sus habitantes se hicieran sus enemigos, a pesar de que en los primeros días de la llegada del general le había manifestado amistad y recibido bien. Entonces llevaban a Turbaco y a otros puntos víveres, que les eran pagados por su justo precio; mas habiendo cesado esta comunicación amistosa por las ideas que Cartagena inspiró a los pueblos, los soldados del general Bolívar tenían que salir a buscar los víveres, pues no había quien se los vendiera: los moradores de los campos se ocultaban, y en la dura alternativa de perecer de hambre o de tomar las provisiones por la fuerza, se adoptaba el último partido. Privados los habitantes de sus propiedades se hacían más enemigos, y el gobierno de Cartagena aumentaba sus inventivas de que las tropas de Bolívar saqueaban las haciendas y propiedades de los moradores de su provincia.

Para aprovecharse de la efervescencia popular y hacer una guerra terrible a los sitiadores, el jefe del estado mayor de la plaza Cortés Campomanes, y el mayor Ruiz, habían salido con armas y municiones que iban a distribuir a los habitantes. Amador, Castillo, Marimón y los demás de la facción interna no repararon entonces que la plaza no tenía la dotación de fusiles y de pólvora asignada por el ingeniero Cráter. Con el objeto de hacer la guerra y degollar a sus hermanos, podían sacarse estos artículos de las murallas sin que peligrase Cartagena.”  (Restrepo, 1827, tomo V: 240-242; tomo VI: 5-10).

Finalmente, la noticia de la llegada de Pablo Morillo a la isla Margarita propició que el 8 de mayo Simón Bolívar y Manuel del Castillo y Rada pactaran un tratado de PAZ Y AMISTAD, con el que se terminaron las hostilidades. Al día siguiente, el Libertador se embarcó rumbo a Jamaica renunciando a la comandancia general del ejército, más aun cuando la amenaza del ejército del Rey pisaba tierras americanas y las autoridades civiles neogranadinas no ofrecían las garantías para hacerle resistencia. Al respecto escribió Indalecio Liévano Aguirre:

“La inminencia del peligro y los rumores alarmantes que circulaban sobre la magnitud de los efectivos enviados por el Rey español, indujeron a Bolívar a realizar nuevos y desesperados esfuerzos para lograr un entendimiento, esfuerzos que se estrellaron contra la terquedad de Castillo y el odio que le profesaban los oligarcas de Cartagena. Comprendiendo Bolívar que esta situación absurda no podía prolongarse y que sería insensato comenzar una guerra civil en momentos en que se aproximaba, a las costas del Caribe, la expedición española, decidió remover el único obstáculo que impedía, según lo afirmaba Castillo, la colaboración de todos los granadinos en aquella grave emergencia y para el efecto reunió un Junta de oficiales y ante ella presentó su dimisión al mando. “Si yo permaneciera aquí –decía al gobierno federal- la Nueva Granada se dividiría en partidos y la guerra doméstica sería eterna. Retirándome, no habrá más partido que el de la patria y por ser uno siempre será el mejor”.

La dimisión de Bolívar fue aceptada por la Junta de oficiales, lo mismo que por el comisionado Miramón, quien le solicitó al Coronel Palacio –segundo de Bolívar- permanecer al frente de las tropas con el encargo de entenderse con Castillo, a fin de organizar la defensa de la Nueva Granada.

El Libertador, de acuerdo con lo convenido en la Junta, partió inmediatamente para el caño de Barsuto y allí se embarcó en la nave inglesa “La Descubierta”, que le condujo a la isla de Jamaica.” (Liévano, 1987: 885-886).

Tras la llegada del pacificador Pablo Morillo a Santa Marta el 23 de julio, inició los preparativos para su marcha sobre Cartagena y todo el Nuevo Reino de Granada. El coronel Ruíz Porras fue enviado hacia Mompox con orden de limpiar de patriotas las poblaciones ribereñas del río Magdalena; a Jamaica envió al intendente José Domingo Duarte para proveerse de víveres; y hacia Cartagena mandó por tierra a Francisco Tomás Morales con una fuerza de 2.128 hombres de infantería y algunos artilleros que integraban los batallones Primero y Segundo del Rey. La expedición por tierra empezó a salir de la Gaira el 5 de agosto, pero su marcha fue lenta y difícil, dadas las condiciones metereológicas (periodo de lluvias) y la resistencia patriota que trató de cerrarle el paso, como ocurrió en Malambo. Mientras tanto, Morillo se acercó por mar a Cartagena, arribando a las costas de Arroyo Grande el 19 de agosto. Morales instaló su cuartel en la hacienda Mamonal, y Morillo lo hizo en la hacienda de Torrecilla, desde donde distribuyó sus fuerzas por tierra y mar para sitiar Cartagena desde el 22 del mismo mes.

“Los 41 transportes se formaron en línea recta, desde Punta Canoas hasta el frente mismo de la plaza; y a continuación, la escuadra de guerra se fué colocando, escalonadamente, desde Santo Domingo hasta la Boquilla. Esta se componía, en ese momento, de cuatro fragatas: la Atocha, la Perla, la Diamante, y otra que luego habría de tener interesante figuración, la Ifigenia; de dos corbetas, la Diana y la Patriota; de un bergantín, el Jasón; un pailebot, el Celoso; dos goletas, la Centinela y la Floridablanca, además de 12 Místicos que ya hemos citado anteriormente.” (Lemaitre, 1983, tomo III,: 127).

Ahora bien, Del Castillo y Rada y don Juan de Dios Amador, como jefes militar y civil respectivamente, dispusieron todas las medidas pertinentes para recibir al Pacificador Morillo. Por mar, en la ciénaga de Tesca al suroriente del Cerro de La Popa, se dispusieron tres bongos o canoas armadas en guerra y una falúa, todas bajo la dirección del capitán español don Rafael Tono y Llopis. En la bahía (Boca Grande), fueron colocadas una fragata mercante desarbolada con cuatro piezas de artillería de calibre grueso, y las balandras de guerra Mocomicona y Concepción, al mando del temiente Matías Padrón. En Pasacaballos y el Caño del Estero, se situaron cinco bongos armados y una falúa que comandaba el alférez de navío Vicente Parada; mientras que en el interior de la bahía se organizó una flotilla de siete goletas dirigidas por el francés Luis Aury. Toda esta improvisada armada dependía del brigadier español don Juan N. Eslava.

Por tierra se reforzaron todas las fortalezas de la ciudad. En Santo Domingo se adicionaron 16 cañones; en La Popa se construyeron otras defensas y los 400 hombres de su guarnición se pusieron bajo el comando del venezolano José Francisco Bermúdez. El castillo del Ángel se reparó y para el lugar se dispusieron de 100 plazas encargados del coronel peruano José de Sata y Bussy; en la batería de San José se estableció una guarnición de 56 soldados comandados por el comandante venezolano Pedro León Torres. La Puerta de Tierra de la Media Luna quedó al mando de Pedro Romero con sus getsemanisenses; mientras que a La Tenaza se distribuyeron 40 negros haitianos dirigidos por Manuel Marcelino Núñez. Así pues, se contaba con 2.600 veteranos, otras 1.000 plazas entre 16 y 60 años, unos 700 hombres en las sabanas de Corozal al mando de Martín Amador, 360 piezas de artillería de todos los calibres y la flotilla mencionada en renglones anteriores. Adicionalmente, todos los poblados circunvecinos fueron incendiados, medida que resultó perjudicial para los cartageneros porque los refugiados aumentó el número de personas por alimentar al interior de las murallas.

Los primeros días de asedio los relata Lemaitre parafraseando a don Lino Pombo:

“Del lado de tierra teníamos con frecuencia, al despuntar la aurora, las descubiertas enemigas de infantería y caballería, o los grandes reconocimientos de pura ostentación del ejército español, que desplegaba en el fondo de playón sus hermosos batallones con relucientes armas, hasta donde nuestro fuego se lo permitía, y avanzaba a piquetes sueltos para explorar los bosquecillos y dejar intimidaciones o proclamas en tabillas puestas en el extremo de un palo clavado en tierra… En su calidad de puesto avanzado y de mirador con vasto horizonte, La Popa… proporcionaba durante el día para nuestro entretenimiento variados espectáculos. De lado de la Plaza y el mar, los movimientos de la escuadra bloqueadora, repartida por mitades entre Punta Canoa y las inmediaciones de Bocachica; los de nuestra flotilla, casi inútil, de goletas corsarias y piratas; lanchas cañoneras y bongos de guerra en la bahía; los trabajos de los muelles y arsenales; y muy de vez en cuando, la aparición, entre la bruma matutina, de algún buquecito con víveres, que habiéndole amanecido cerca de la ciudad, hacía esfuerzos heroicos de vela y remo para guarecerse bajo sus murallas aludiendo la persecución enemiga. Así por ejemplo, unos veinte días consecutivos estuvimos observando con ansiedad la marcha del casco viejo de un bergantín, que se intentaba conducir a remolque hacia Pasacaballos para obstruir la boca de aquel estero: tan lenta fué en las cinco millas de trayecto, quizás por falta de vigor de los remeros, que no alcanzó a llegar a tiempo a su destino”. (Lemaitre, 1983, tomo III: 132).

Muy pronto, empezaron a escasear los avituallamientos en la ciudad, el hambre empezaba a demacrar a las 18 o 19.000 personas que había en su interior, por lo cual hubo que empezar a sacrificar caballos y burros, hacer requisas y colectas para enviar por víveres a las islas inglesas burlando el cerco, y las mujeres e iglesias a deshacerse de sus joyas y alhajas. Por si fuera poco, las cartas enviadas por Del Castillo y Rada al interior de la Nueva Granada fueron interceptadas, lo que dio más seguridad a Morillo de la inevitable caída de Cartagena. Más grave aun, los patriotas eran derrotados en la mayor parte de encuentros bélicos con el ejército del Rey en los extramuros y a lo largo y ancho de la provincia, como lo describe Restrepo:

“Del cuartel general de Torrecilla salieron también los tenientes coroneles Arce y Machado, y el capitán don Julián Bayer, con el objeto de ocupar a Tolú, el Zapote y toda la costa de Sotavento, de donde podían venir algunas provisiones a Cartagena. Bayer encontró y atacó en Chimá una columna republicana de quinientos hombres que mandaban los oficiales Martín Amador y Pantaleón Ribón y que iba custodiando el dinero que el gobierno general había remitido en auxilio de Cartagena. Con fuerzas menores consiguió dispersar la columna, causándole una pérdida considerable. Los jefes principales de los independientes con los intereses que conducían pudieron escaparse por el río Sinú arriba, con dirección al Chocó; pero a los tres días fueron aprendidos en Montería por la columna de Sánchez Lima, que dispersó, mató e hizo prisioneros a los fugitivos. Allí pereció el teniente coronel Otero, con los capitanes Jugo, Madrid y otros de menor graduación, quedando prisioneros Ribón, Amador y dieciséis oficiales más con algunos soldados, todos los que fueron conducidos presos al cuartel general. Lo más importante fue la toma de ochenta mil pesos en dinero sellado y alhajas que tanto deseaban los españoles. Los oficiales y soldados aprehensores sustrajeron una gran parte; mas averiguado el fraude todos los intereses se recuperaron, y entraron en la caja militar de Morillo.” (Restrepo, 1827, tomo VI: 119-121).

Como a los sitiados les empezó a ir mal, fuese en mar o tierra, y lo que planeaba e iniciaba el brigadier Manuel del Castillo no cobraba efecto positivo, el descontento de los cartageneros no se hizo esperar. Un complot liderado por Aury, Bermúdez y Celedonio Gutiérrez de Piñeres depuso a Del Castillo y Rada del comando general de la defensa de la ciudad y lo puso bajo arresto. Los hechos ocurrieron el 17 de octubre. El mismo día se proclamó como jefe de la plaza al general venezolano Francisco Bermúdez, jefe del estado mayor a Cortés Campomanes y jefe de la armada a Juan Aury. Indalecio Liévano hace una breve narración de lo sucedido aquel día:

“…rebelión que encontró sus adecuados conductores en Celedonio Gutiérrez de Piñeres y en los numerosos oficiales venezolanos que, encabezados por Francisco Bermúdez, se hallaban en la plaza. Estos últimos habían sido situados en los castillos de la Popa y San Felipe, y en ellos dieron los primeros pasos para deponer a Castillo. Mientras la oligarquía proyectaba la entrega de la plaza a los ingleses, en Getsemaní y en el centro de la ciudad ocurrían desórdenes, el pueblo pedía públicamente la destitución de Castillo y las guarniciones de la Popa, al mando de Bermúdez, y de San Felipe, a órdenes de Palacios, llegaban a un acuerdo con los oficiales de Bocachica, acuerdo cuyos resultados pudieron apreciarse el 17 de octubre de 1815, día en que la mayoría de las tropas y el pueblo amotinado se pronunciaron contra las autoridades, se adueñaron del mando y arrestaron a Castillo. Su casa fue saqueada y sólo pudo salvar la vida porque la patrulla encargada de apresarlo lo libró de caer en manos de la enfurecida multitud que pedía su cabeza y la de los oligarcas de Cartagena.

El Gobernador Amador no tuvo entonces otro recurso que el de aceptar los hechos cumplidos y designar Comandante de la plaza al General venezolano Francisco Bermúdez, principal director de la sublevación y quien de manera pública había formulado graves acusaciones a Castillo.” (Liévano, 1987: 902).

Como la situación no mejoraba, el hambre carcomía hasta los huesos, la lluvia no cesaba de caer sobre los tejados y los tan anhelados refuerzos por tierra y mar nunca llegaron, Cartagena de Indias debió tomar otra medida desesperada: Pedir el amparo del Rey de la Gran Bretaña a través del gobernador de Jamaica el duque de Manchester. Para esta misión fueron enviados a Kingston, a mediados de octubre, a Enrique Rodríguez, Narciso de Francisco Martín y al británico Wellwood Hyslop. Lo resultados fueron: 

“Ingenua ilusión! Enloquecidos tal vez por el hambre y la desesperación, los padres de la patria se olvidaron, en aquella hora de desconcierto y de abandono, del juramento que había prestado apenas pocos años antes, de “derramar hasta la última gota de sangre” en defensa de la libertad y la independencia absoluta del Estado cartagenero, y prefirieron, sin duda forzados por las circunstancias, cambiar de amo antes que caer en manos del temido “Pacificador” español. Pero la respuesta del Gobernador inglés no tardó mucho y los hizo volver pronto en sí, luego de haber tomado tan lamentable resolución. “A todas estas comisiones –le escribió pronto el Gobernador inglés al Conde de Barthus, Ministro de Colonias Británicas dándole cuenta de aquella propuesta cartagenera- les he contestado que siempre he observado la más estricta neutralidad y evitado toda intromisión en los partidos contendientes en las provincias suramericanas, y que es mi intención seguir la misma línea de conducta hasta que reciba instrucciones de mi gobierno en contrario”.” (Lemaitre, 1983, tomo III: 143).

La capitulación era impensable para los cartageneros casi finalizando noviembre. Las medidas tomadas por las autoridades fueron la salida obligada de más de 2.000 personas que resultaban inútiles para la defensa de la ciudad; es decir, niños, ancianos y enfermos, que se convirtieron en una carga, dado que consumían los pocos bastimentos existentes.

“Era un lastimoso espectáculo ver a la madre abandonar a sus hijos, y al anciano moribundo marchar desfallecido a morir acaso en los bosques. Mas de las dos terceras partes de aquella emigración perecieron en los alrededores de la plaza, y pocos pudieron arribar a los puestos enemigos en donde no fueron maltratados.”  (Restrepo, 1827, tomo VI: 144-145).

Además, antes que rendirse o capitular, la junta de militares, los vecinos notables y el gobernador encargado Elías López Tagle, decidieron evacuar la plaza en las naves patriotas. Las noche del 4 de diciembre se embarcaron unas 2.000 personas, los más connotados militares y civiles (sin Manuel del Castillo y Rada, quien debió permanecer en la ciudad bajo amenaza de muerte si intentaba subir a una de las embarcaciones). La población civil y el orden público quedaron a cargo de Domingo Esquiasqui, Juan Fernández Sotomayor y el brigadier Manuel Anguiano, quienes luego de la partida de los buques, debían entregar la ciudad a Morillo.  La suerte de los que zarparon fue:

“El mal tiempo los esperaba más allá de Bocachica. Un temporal hizo que la flotilla se dispersase, y no pudiendo reunirse de nuevo por falta de instrucciones, cada nave tomó su propio rumbo. Unos encallaron en los arrecifes de las islas del Rosario; otros fueron a dar a la costa del Darién o a la de Veragua, en el Istmo de Panamá; algunos a la isla de Providencia y a Nicaragua; otros más terminaron por recalar en la lejana bahía de Cochinos, en Cuba, y, finalmente, los restos de la triste expedición arribaron a Jamaica, después de mil peripecias; y de Jamaica, como veremos, se trasladaron a los Cayos de San Luis, en Haití.” (Lemaitre, 1983, tomo III: 157).

En efecto, el Pacificador Pablo Morillo tomó la ciudad el día 6 de diciembre, encontrando en su interior un panorama triste:

“Morillo otorgó un tratamiento más bien benévolo a la Ciudad Heróica en virtud del horrendo espectáculo que presenciaron las tropas expedicionarias cuando se internaron en las calles de Cartagena. “La ciudad presentaba –escribió Morillo al Ministro de Guerra español- el espectáculo más horrible: las calles estaban sembradas de cadáveres y la mayor parte de los habitantes morían de hambre materialmente”. Y el Capitán Rafael Sevilla miembro de una de las compañías realistas que primero se internó en la plaza, refiere así sus impresiones: “Morillo –dice- había mandado a sus oficiales de Estado Mayor a prevenir a todos los Jefes de Cuerpo que no se hiciese daño, ni se maltratase a vecino alguno que no opusiese resistencia; únicamente debían exigir la entrega de las armas bajo pena de muerte. No era menester esta amenaza para hacérselas entregar a los insurrectos de Cartagena pues no podían con ellas; no eran hombres sino esqueletos; hombres y mujeres, vivos retratos de la muerte, se arrastraban a las paredes para andar sin caerse; tal era el hambre horrible que habían sufrido… Todos aquellos, sin distinción de sexos ni de clases, que podían moverse, se precipitaban, empujándose y atropellándose sobre nuestros soldados, no para combatirlos, sino para registrarles las mochilas en busca de un mendrugo de pan o de algunas galletas. Ante aquel espectáculo aterrador, todos nuestros compatriotas se olvidaron de que aquéllos eran los asesinos de sus compañeros, y no sólo les dieron cuantos artículos de comer llevaban sobre sí, los que devoraban con ansiedad aquellos desgraciados, cayendo muchos de ellos muertos así que habían tragado unas cuantas galletas, sino que se improvisó rancho para todos y sopas para los que no podían venir a buscarlas. Indescriptible es el estado en que encontramos a la rica Cartagena de Indias. El mal olor era insoportable, como que había muchas casas llenas de cadáveres en putrefacción… Lo primero que dispuso Morillo, una vez en la plaza, fue que por la tropa y los pocos paisanos que pudiesen trabajar se abriese una gran zanja y se enterrasen en ellas aquellos montones de cadáveres que infestaban la población. Muchas carretadas de ellos e sacaron de las casas, depositándolos en la fosa común. Pero por grande que fue el zanjón que se hizo, no pudo contenerlos a todos y hubo que llevarlos en piraguas, con piedras atadas al cuello, para arrojarlos al mar.” (Liévano, 1987: 906-907).

Eduardo Lemaitre expuso un balance en vidas humanas del sitio de Cartagena: Unos 6.300 cartageneros murieron durante el sitio, unos 1.000 más que no se pudieron reponer de sus quebrantos, a lo que se debe añadir los caídos en batalla, los presos asesinados, los 400 bocachiqueros y leprosos y los 9 mártires fusilados el 24 de febrero de 18161. Pero en el bando realista, desde la salida de Puerto Cabello hasta la caída de Cartagena, Morillo perdió unos 3.125 hombres y unos 3.000 que terminaron hospitalizados. Con esta hazaña, Morillo obtuvo el título nobiliario de Conde de Cartagena, e incorporó a sus fuerzas 366 cañones, más de 4.000 bombardas, 3.400 quintales de pólvora y alrededor de 4.000 fusiles.

La devastada Cartagena, trató de renacer. Durante los años de 1816 a 1818, fue sede de las instituciones del Nuevo Reino de Granda: en ella se instaló el virrey Francisco de Motilla, el nuevo gobernador el brigadier Gabriel Torres y Velasco, la Real Audiencia y, de nuevo, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. Sin embargo, la ruina económica fue general en la provincia de Cartagena, dado que la agricultura, el comercio y las artesanías no lograron recuperar el ritmo de años anteriores; se mandó recoger la moneda llamada macuquina; los pobladores fueron sometidos a empréstitos forzosos y raciones permanentes a las tropas realistas. Por otro lado, ningún cartagenero se salvó que las autoridades les tuviera los ojos encima; debieron alojar a los oficiales que se manejaban como dueños de las casas y señores de ellas; y por si fuera poco muchos se vieron consumados en infinitos presidios y obras públicas.

Pero más tarde, luego de la batalla de Boyacá del 7 de agosto de 1819, el virrey Juan Sámano huyó hacia Cartagena, y tras de él, el ejército libertador comandado por el general Mariano Montilla. De este modo, las fuerzas de Montilla bloquearon Cartagena el 14 de julio de 1820, situando sus avanzadas en el pie de La Popa. Algo más de un mes atrás, el 7 de junio, el estallido un motín precipitó la salida de Sámano hacia La Habana, dado que no logró entenderse con el gobernador Torres y Velasco. Por algún tiempo, patriotas y realistas no entraron en combate, dado que por la vía de la diplomacia se intentó llegar a un acuerdo en términos cordiales entre el gobernador Montilla y el Libertador Simón Bolívar. Pero las notas que iban y venía se fueron llenando de insultos, lo que ocasionó los primeros enfrentamientos bélicos, como el de la noche del 1 de septiembre de 1820 en Turbaco, en donde murieron más de cien personas del campamento patriota. Bolívar se salvó del ataque sorpresivo, ya que ese día se ausentó inexplicablemente.

Varios meses sucedieron de relativa calma en la ciudad amurallada, aunque sitiada, pero sin sus principales verdugos: Montilla se trasladaba hacia Soledad para preparar la caída de Ciénaga y Santa Marta, y Bolívar se instalaba en Trujillo (Venezuela) donde firmaría en noviembre el armisticio con Pablo Morillo. La tregua se rompió el 28 de enero de 1821 cuando 200 soldados realistas ocuparon Lorica. Finalmente, el ocaso de la resistencia española en Cartagena inició el 4 de mayo, cuando el coronel José Padilla penetró en la bahía, apoderándose de tres puntos e impidiendo que los castillos de Bocachica obtuvieran auxilios. Entonces se libró el combate naval conocido con el nombre de La Noche de San Juan en los primeros días de julio:

“Aquella noche, en efecto, Padilla dió un golpe decisivo, realizando la hazaña de raptarse, de debajo de los fuertes de la plaza, toda la escuadrilla sutil que los españoles tenía allí refugiada, al amparo de los baluartes del Reducto, de Santa Isabel y de Barahona; y de echar a pique, además, el bergantín Andaluz. La operación se realizó silenciosa y sorpresivamente, aprovechándose de que esa noche, en la plaza, se celebraba una “tenida” masónica, a la que asistía la alta Oficialidad española, mientras que por tierra se simulaba un ataque general, dirigido por el Conde sueco Federico Adlecreurz, al servicio de las armas republicanas. La acción naval fue fulminante: empezó a la medianoche, y concluyó hora y media después.” (Lemaitre, 1983, tomo III: 215-216).

De este modo, los castillos de Bocachica fueron reducidos al dominio de los patriotas, y el gobernador Torres y Velasco cercado. Los realistas aguantaron hasta la capitulación del 22 de septiembre, firmada en Turbaco, en la que se ofrecía una amnistía general y permitiría la libre emigración del gobernador, oficiales y quienes desearan embarcarse hacia La Habana. Así se cumplió, puesto que el 10 de octubre se marcharon de la Nueva Granda los últimos reductos que habían resistido por más de un año en Cartagena. Ese día, a las ocho de la mañana, unos 400 hombres del ejército libertador se posesionaron de la plaza.

Así culminó el domino de España en lo que hoy se conoce como la República de Colombia, no sin antes dejar en la otrora grande y rica ciudad de Cartagena de Indias, un panorama desolador del que difícilmente se recuperaría en el siglo XIX. Como principal puerto en Suramérica, fue punto de indiscutible disputa para dominar el interior de la Nueva Granada, su bahía permitía aprovisionar ejércitos con municiones y provisiones, comunicarse con aliados y, sus murallas, ser casi inexpugnable. La ciudad Heroica, como más tarde se le conoció, puso muchos muertos y recursos económicos durante el proceso de la Independencia.

 

BIBLIOGRAFÍA

LEMAITRE, Eduardo. Historia de general de Cartagena, Tomo III La Independencia. Bogotá. Banco de la República. 1983.

LIÉVANO AGUIRRE, IndalecioLos grandes conflictos de nuestra historia.  Volumen II.  Bogotá.  Ediciones Tercer Mundo.  1987.

RESTREPO, José Manuel.  Historia de la revolución de la república de Colombia.  Tomo III.  Paris.  Librería Americana, Imprenta de David.  1827.


1. LEMAITRE, Eduardo, Historia de general de Cartagena, Tomo III La Independencia, Bogotá, Banco de la República, 1983, p. 183. Fueron ellos: Manuel del Castillo y Rada, Martín Amador Rodríguez, Pantaleón Germán Ribón, José María Portocarrero, Santiago (James) Stuart, Manuel Anguiano Ruíz, José María García de Toledo y Madariaga, Antonio José Ayos Necolaldi y Miguel Díaz Granados.

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