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CONTEXTO HISTÓRICO
Especiales

Independencia de Cartagena

INDEPENDENCIA DE CARTAGENA

11 de noviembre de 1811

Acta de independencia de Cartagena.
Tomada de: http://pr.kalipedia.com/arte/tema/declaracion-absoluta-independencia-espana.html?x1=20080730klphishco_27.Kes&x=20080730klphishco_30.Kes

En Cartagena, como en todas las ciudades de la Nueva Granada, fueron los criollos ricos y que habían tenido formación académica, quienes encabezaron los movimientos independentistas, sin embargo, en la ciudad costera se presentó un fenómeno particular y fue la participación de las clases populares en el levantamiento que declaró la independencia absoluta de España el 11 de noviembre de 1811.

Siguiendo el ejemplo de España, en América se comenzaron a instalar Juntas de Gobierno leales a Fernando VII, en la Nueva Granada, la primera ciudad en determinar la figura fue precisamente Cartagena, el 22 de mayo de 1810, la Junta cartagenera, reconoció la autoridad del Consejo de Regencia y nombró como presidente de la misma al Gobernador Francisco Montes quien por no estar de acuerdo con varias de las decisiones de la Junta, principalmente la que indicaba que tenía que dar participación en la administración de la cosa pública a dos adjuntos nombrados por el Ayuntamiento, fue depuesto y apresado el 14 de junio de 1810, acusado además de conspirar contra el gobierno español y ser partidario de las ideas de Napoleón. En su lugar, se nombró gobernador al teniente del Rey Blas de Soria.

Es importante recordar que Cartagena disponía de la fuerza militar más grande del reino, lo sucedido en esta ciudad, significaba, entre otras cosas, que el virrey ya no contaba con ella para aplacar cualquier insurrección que pudiera producirse en Santafé o en otra provincia de la Nueva Granada, situación que fue vista y aprovechada por los patriotas santafereños para planear sus acciones del 20 de julio de 1810.

Al recibir el comunicado en el que se anunciaba lo sucedido en Santafé el 20 de julio de 1810, y guiada por las ideas de los Gutiérrez de Piñeres, la ciudad de Mompóx formó junta de gobierno el 6 de agosto, al no obtener respuesta del hecho de Cartagena, el 14 de agosto, la ciudad de Mompóx y los pueblos de su jurisdicción, decidieron declararse una provincia independiente de la de Cartagena. La respuesta de los cartageneros fue el envío de unos comisionados para la discusión del tema, negociación infructuosa que tuvo como resultado que el 31 de enero de 1811, la capital de la provincia dirigiera una fuerte ofensiva militar al mando de Antonio José de Ayos, batalla en la cual Cartagena al obtener la victoria retomó su soberanía sobre los momposinos.

Para el mes de septiembre de 1810, Cartagena reconoció la autoridad de las Cortes de España y manifestó no estar de acuerdo con el sistema de gobierno central propuesto por Santafé, desconoció el carácter de Suprema de la Junta de la capital y por consiguiente se negó a enviar su representante al Congreso; la junta cartagenera, proponía que el reino de la Nueva Granada fuera gobernado a través del sistema federativo y que la sede para la reunión de los representantes de cada provincia fuera Medellín, además proponía invitar a las provincias de Maracaibo y Guayaquil. En un comunicado enviado por la junta de Cartagena, con fecha del 19 de septiembre, a todas las provincias del reino se expusieron estas ideas y se logró el inicio de los enfrentamientos políticos entre centralistas y federalistas.

Puede decirse que con este documento nace la que sería una larga disputa de plumas e ideas entre Cartagena y Santafé. Antonio Nariño, quien para entonces se encontraba en Cartagena, reponiendo su salud después de su estadía en prisión, responde al documento emitido por la junta cartagenera el mismo 19 de septiembre, su documento se titula Consideraciones sobre los inconvenientes de alterar la invocación hecha por la ciudad de Santafé en 29 de julio del presente año y reflexiones al manifiesto de la Junta de Cartagena sobre el proyecto de establecer el Congreso Supremo en la Villa de Medellín, comunicado a esta Suprema provisional.

Durante lo que restó de 1810 y durante el año de 1811, especialmente a partir del mes de septiembre cuando Antonio Nariño asume la presidencia de Cundinamarca y comienza a profesar sus ideas para adquirir la total independencia de España, continúa el fuerte enfrentamiento ideológico entre las dos ciudades, el cual se hace evidente a través de la prensa local. Desde Santafé se abogaba por un gobierno central e independiente, Cartagena en cambio, seguía siendo fiel al Consejo de Regencia y abogaba por el federalismo; la posición de Cartagena se vio reforzada por Santa Marta que se convirtió en un fortín español y realista dentro de la Nueva Granada.

A pesar de la unión mostrada por los cartageneros en los sucesos ocurridos durante 1810, se comenzaron a perfilar dos fuertes tendencias políticas entre los miembros de la junta y en general, entre los habitantes de la ciudad, por un lado se encontraban los Radicales, encabezados por los hermanos momposinos Germán y Gabriel Gutiérrez de Piñeres, estos buscaban la independencia absoluta de España y profesaban la igualdad entre todos los habitantes de Cartagena y Mompóx. Por otro lado, se encontraban los Autonomistas o Regentistas, dirigidos por José María García de Toledo; contrario a los Radicales, este grupo negaba el cambio total de gobierno porque quería continuar con los privilegios de clase de la oligarquía criolla y española.

Esa división fue fundamental para que se desataran los hechos del 11 de noviembre de 1811, fecha conocida como la declaración de independencia de Cartagena. Los habitantes de la ciudad, convencidos de la continuidad del régimen colonial que existía en la Junta gobernante, exigieron, apoyados por los Lanceros de Getsemaní, la proclamación de la independencia absoluta de España, la división del gobierno en tres ramas, la abolición del tribunal de la inquisición y la presencia de americanos en los altos cargos públicos así como la de pardos al mando del cuerpo militar de pardos.

Una de las versiones de lo ocurrido ese día es la del testigo presencial, capitán Manuel Marcelino Núñez, escrita en la misma ciudad de Cartagena el 22 de febrero de 18164 y citada por Tisnes en La independencia de la costa atlántica:

“El acto heroico y glorioso de la solemne declaratoria de nuestra independencia política, que era el fin a que nos dirigíamos los patriotas desde la deposición del Gobernador español Montes, tuvo lugar el 11 de noviembre de 1811. En los días anteriores y próximos a la declaratoria me habló muy reservadamente el doctor Ignacio Muñoz de lo que debía hacerse para asegurar el éxito, pues nada menos se trataba que de pedir a la Junta que gobernaba entonces, la declaratoria de la independencia absoluta del Gobierno de España. El doctor Muñoz era el que debía ponerse a la cabeza del movimiento, y quería saber si podía contar con mi cuerpo para sostenerlo en caso de alguna oposición por parte de los otros cuerpos; agregando que le bastaba mi compromiso, pues sabía que el Comandante del cuerpo obraba según mis indicaciones. Yo le dije que contara con mi cuerpo, bajo la condición de que al acto de proclamación de la independencia había de presentarse una reunión numerosa de pueblo, al cual daría yo apoyo con mi cuerpo (batallón) para hacer frente a cualquier oposición.

Llegó el 10 de noviembre y me avisó el doctor Muñoz que el día siguiente, entre 9 y 10 de la mañana se iba a proclamar la independencia, encargándome nuevamente la mayor reserva para que la Junta de Gobierno no lo penetrara, y por consiguiente no pudiera tomar ninguna medida que impidiese dicha proclamación, pues ella juzgaba que aún no era tiempo. Yo no revelé el secreto más que a los oficiales de toda mi confianza, a quienes les impuse de todo lo que yo había ofrecido. De las 9 a las 10 de la mañana del día 11 de noviembre, hallándome yo en mi tienda como de costumbre, percibí el bullicio del pueblo de Jimaní, que agrupado en masa volaba hacia la puerta del Parque o Sala de armas para forzar la puerta y armarse. Cerré mi tienda y dirigiéndome al Parque, ví que ya salían de él un puñado de valientes, armados unos con fusiles, otros con lanzas y otros con puñales y todos dirigiéndose al frente del palacio, donde observé que por momentos iba aumentándose considerablemente el número.

Dirigíme entonces a mi cuartel, y allí encontré ya reunido todo el batallón. Llegó el momento de que yo manifestase, como lo verifiqué, al Comandante y oficialidad, lo que se intentaba, y pasadas dos horas poco más o menos, recibió el Comandante de mi cuerpo orden del Presidente de la Junta de Gobierno para que fuese yo con mi compañía al frente del Palacio. A solicitud del doctor Muñoz fue que expresamente se me designó a mí. Yo escogí en todo el batallón cien hombres de los que creí más aparentes, para el caso de que hubiera necesidad de defendernos contra cualquier oposición, y me presenté al frente del Palacio a la cabeza de aquella fuerza, acompañado de los mismos oficiales de mi compañía, Teniente Hipólito de León y Alférez Ciprián Bogambre. En mi marcha hacia el Palacio de Gobierno, fui informado de que ya la Junta había acordado la Independencia y de que se iba a publicar por bando, para lo cual debía servir de escolta la fuerza que yo mandaba.

Cuando este acto se verificaba en la misma esquina del Palacio, se supo que del cuartel del Regimiento “Fijo” había salido, por orden del comandante general don Manuel Anguilano, una compañía con dirección al lugar donde se publicaba el bando y cuyo objeto era darle mayor solemnidad a aquel acto; pero el pueblo que ignoraba esto, se alarmó al ver salir la tropa del cuartel del “Fijo” y uniéndose a mí para hacerse fuerte, dí frente a la fuerza que venía formando como para combatir en caso necesario. Jamás me he preciado de valiente, ni he acreditado que lo soy en ninguna acción de guerra; pero si hubiera llegado el caso de combatir para sostener acto popular que iba a solemnizarse, lo habría hecho hasta perecer, sosteniendo los derechos del pueblo. Cuando veíamos ya venir directamente hacia nosotros unos cien hombres poco más o menos del Regimiento “Fijo”, el General Anguiano que vivía en casa que hace esquina frente al Palacio, salió a su balcón y dirigiéndose al pueblo, dijo que según se había acodado, cada cuerpo debía dar una escolta o compañía para solemnizar la publicación del bando, y que con ese objeto era que venía la compañía del “Fijo”. Tranquilizase el pueblo y continuamos la marcha para la publicación del bando en todos los puntos de la ciudad donde era de costumbre. En ese mismo día se redactó y firmó el Acta solemne y memorable de nuestra Independencia política…” (Tisnes, 1976: 101-103).

El acta firmada ese día en el Palacio de Gobierno es la que se cita a continuación:
“ACTA DE INDEPENDENCIA
De la Provincia de Cartagena de la Nueva Granada

En el nombre de Dios Todopoderoso, Autor de la Naturaleza, nosotros los representantes del buen pueblo de la Provincia de Cartagena de Indias, concretados en Junta plena, con asistencia de todos los Tribunales de esta ciudad, á efecto de entrar en el pleno goce de nuestros justos é imprescriptibles derechos que se nos han devuelto por el orden de los sucesos con que la Divina Providencia quiso marcar la disolución de la monarquía española, y la erección de otra nueva dinastía sobre el trono de los Borbones: antes de poner en ejercicio aquellos mismos derechos que el sabio Autor del Universo ha concedido á todo el género humano, vamos á exponer á los ojos del mundo imparcial el cúmulo de motivos poderosos que nos impelen á esta solemne declaración, y justifican la resolución tan necesaria que va á separarnos para siempre de la monarquía española.

Apartamos con horror de nuestra consideración aquellos trescientos años de vejaciones, de miserias, de sufrimientos de todo género, que acumuló sobre nuestro país la ferocidad de sus conquistadores y mandatarios españoles, cuya historia no podrá leer la posteridad sin admirarse de tan largo sufrimiento: y pasando en silencio, aunque no en olvido, las consecuencias de aquel tiempo tan desgraciado para las Américas, queremos contraernos solamente á los hechos que son peculiares á esta Provincia, desde la época de la revolución española; y á su lectura el hombre mas decidido por la causa de España no podrá resistirse á confesar que mientras más liberal y más desinteresada ha sido nuestra conducta con respecto á los gobiernos de la Península, más injusta, más tiránica y opresiva ha sido la de éstos contra nosotros.

Desde que con la irrupción de los franceses en España, la entrada de Fernando VII en el territorio francés, y la subsiguiente renuncia que aquel monarca y toda su familia hicieron del trono de sus mayores en favor del Emperador Napoleón, se rompieron los vínculos que unían al Rey con sus pueblos, quedaron éstos en el pleno goce de su soberanía, y autorizados para darse la forma de gobierno que más les acomodase. Consecuencias de esta facultad fueron las innumerables Juntas de gobierno quo se erigieron en todas las Provincias, en muchas ciudades subalternas, y aun en algunos pueblos de España. Estos gobiernos populares que debían su poder al verdadero origen de él, que es el pueblo, quisieron sin embargo jurar de nuevo y reconocer por su Rey á Fernando VII, bien sea por un efecto de compasión hacia su persona, ó bien por una predilección al gobierno monárquico. El primer objeto de la Junta de España fue asegurarse de la posesión de las Américas, y al efecto se enviaron Diputados á estas Provincias, que procurasen mantener una unión considerada casi imposible. La orgullosa Junta de Sevilla, que usurpó por algunos meses el título de u Soberana de Indias, fue la que más se distinguió en darse á reconocer en estos países. Dos enviados suyos llegaron á Cartagena. Ya les habían precedido, por algunos días, las noticias de los sucesos que ocasionaron la ruina de la monarquía española, y en la sorpresa y en el desorden de espíritu que causan los acontecimientos imprevistos, Cartagena, aunque tuvo bastante presencia de ánimo para conocer sus derechos, tuvo también bastante generosidad para no usar de ellos en las circunstancias más peligrosas en que jamás se halló la nación de que era parte. Sacrificólos, pues, a la unión con su metrópoli, y al deseo de concurrir a salvarla de la más atroz de las usurpaciones. La junta de Sevilla fue reconocida de hecho, a pesar de la impudente conducta de sus enviados, que a pesar de las vejaciones e insultos que los agentes del Gobierno prodigaron al ilustre Cabildo, y á algunos de sus dignos miembros. Este cuerpo verdaderamente patriótico, sus quejas al Gobierno de España en los términos más sumisos, y pidió una satisfacción de los agravios que se le habían hecho; pero en cambio de nuestra generosidad sólo recibimos nuevas injurias, y en recompensa riquezas que les enviamos para sostener la causa de la nación, vino una orden inicua dirigida al Virrey de este Reino para hacer una pesquisa á varios individuos del Cabildo, y á otros vecinos.

Tan atroz conducta de parte de un gobierno reconocido sólo por conservar la integridad de la nación, no fue capaz de desviarnos de nuestros principios: nosotros fieles siempre á las promesas que habíamos hecho, continuamos manteniendo esta unidad política tan costosa, y tan contraria á nuestros verdaderos intereses.

Entre tanto el desorden, el choque de las diversas autoridades y los males que de aquí eran de temerse obligaron á las Provincias de España á reunirse en un cuerpo común que fuese un gobierno general. Instalóse en Aranjuez la Junta central, y desde este momento comenzaron á renacer nuestras esperanzas de una suerte mejor. Triunfó la razón de las envejecidas preocupaciones, y por la primera vez se oyó decir en España que los americanos tenían derechos. Mezquinos eran los que se nos habían declarado; eran sujetos á la voz de los ayuntamientos dominados por los gobernadores; eran los Virreyes, nuestros más mortales enemigos, lo tenían influjo en la elección de nuestros representes; pero al fin la España reconocía que debíamos tener en el gobierno de la nación; y nosotros, olvidan del carácter dominante de los peninsulares, confiábamos en que nuestra presencia, nuestra justicia y nuestras reclamaciones, habrían al fin de arrancar al Gobierno de España la ingenua confesión y reconocimiento de nuestros derechos eran en todo iguales á los suyos.

La suerte desgraciada de la guerra, no dio lugar llegada de nuestros representantes. Los enemigos entraron en Andalucía, y la Junta central, prófuga, dispersa, cargada de las maldiciones de toda la nación, abortó bien á su pesar un gobierno monstruoso conocido con el nombre de Regencia. Dominada por los franceses, casi toda la Península y confinado este débil gobierno a isla de León, volvió sus ojos moribundos hacia la América, y temiendo ya próximo el último período de su existencia, oímos de su boca un decreto lisonjero que le arrancó el temor de perder para siempre estos ricos países, si no lograba seducirlos con las más halagüeñas promesas. Ofrecíanos libertad y fraternidad, y al mismo tiempo que proclamaban que nuestros destinos no estaban en manos de los Gobernadores y Vireyes, reforzaba la autoridad de éstos, dejándolos árbitros de la elección de nuestros representantes.

Eran estas circunstancias muy críticas para Cartagena. El estado lamentable de la España, sin más territorio libre que Galicia, Cádiz y la isla de León, Valencia, Alicante y Cartagena, el temor dé ser envueltos en las ruinas que la amenazaban, y de caer en las asechanzas de Napoleón, el deseo de concurrir á salvarla por una parte; el conocimiento de nuestros derechos, las esperanzas que veíamos de que éstos se reconociesen los males que nos acarreaba un gobernador insolente, por la otra, hacían un contraste bien difícil de decidirse. Quisimos, sin embargo, abundar en moderación y sufrimiento, y aunque tomamos medidas de precaución para alejar de nosotros los peligros que temíamos, nunca rompimos la integridad de la monarquía, ni nos separamos de la causa de la nación. Nuestra seguridad exigió imperiosamente prepararnos de todos modos para no caer en la común calamidad, y al efecto quisimos que el Cabildo como un cuerpo compuesto de patricios, interviniese con el Gobernador en la administración del gobierno, cuando ya no bastaba esta providencia fue preciso deponer á este mismo Gobernador entrando en su lugar el que las leyes llamaban á sucederle. Las causas que nos movieron á este hecho estaban legalmente justificadas con todas las turmas jurídicas; el comisionado que la Regencia nos envió no pudo menos de aprobarlas; y además sometíamos á aquel Gobierno nuestra conducta. Le ofrecimos fraternidad y unión, le enviamos cuantiosos socorros de dinero para sostener la guerra contra la Francia, le protestamos sinceramente que nuestros sentimientos serían inalterables, siempre que se atendiese nuestra justicia, se remediasen nuestros males y hubiese esperanzas de que se salvara la nación. Nada bastó, nada conseguimos. La Regencia, orgullosa con un reconocimiento que apenas se atrevió á esperar, mostróse indiferente á nuestras reclamaciones, y en vez de escucharlas como merecían, dictó órdenes dignas del favorito de Carlos IV. A nuestras sumisiones, á nuestras protestas de amistad, correspondió con palabras agrias é insultantes ; y para acallar nuestras quejas, para darnos las gracias por los tesoros que le prodigamos, improbó nuestras operaciones en los términos más insolentes y nos amenazó con todo el rigor de la soberanía mal reconocida aun en el mismo recinto de Cádiz. En la corta época que duró el Consejo de Regencia, su conducta fue en todo consiguiente á los tiránicos principios que había adoptado con nosotros: los efectos fueron en todas partes casi iguales. Varias Provincias de América declararon su independencia: la capital de este Reino y muchas de sus Provincias internas siguieron los mismos pasos. Tan seductor como era este ejemplo, y tan justos los motivos que teníamos para imitarlo, no pudo sin embargo alterar nuestra conducta, á pesar de que los agentes del Gobierno de España ponían todo su conato en disgustamos. Las sangrientas escenas de la Paz y de Quito, los crueles asesinatos de los Llanos pusieron nuestro sufrimiento á la última prueba: más, á pesar de esto, obró la moderación. Nosotros formamos una Junta de gobierno para suplir las autoridades extinguidas en la capital, pero no negamos la obediencia á los gobiernos de España: nuestra Junta tenía, es verdad, facultades más amplias que las de los Vireyes; pero la Regencia había obstruido todos los canales de la prosperidad pública, declarando que sólo atendía á la guerra, y era menester que nosotros mirásemos por nuestra suerte.

Acercóse entre tanto la época en que iban á realizarse nuestras esperanzas y á fenecer nuestros males. La España, justamente disgustada del ilegal gobierno de la Regencia, apresuró la instalación de las Cortes generales. Se anunció este cuerpo al mundo con toda la dignidad de una gran nación, y proclamó principios é ideas tan liberales, cual no las esperaba la Europa de la ignorancia en que creía sumidos á los españoles. Declarada la soberanía de la nación, la división de los poderes, la igualdad de derechos entre europeos y americanos, la libertad de la imprenta y otros derechos del pueblo, nada más nos quedaba que desear sino verlo todo realizado; y seducidos con unas ideas tan halagüeñas, creímos que empezaba ya á rayar la aurora de una feliz regeneración. Reconocimos, pues, las Cortes; pero, hechos más cautos con las lecciones de lo pasado, y convencidos por nuestra propia experiencia de que un gobierno distante no puede hacer la felicidad de sus pueblos, las reconocimos sólo como una soberanía interina, mientras que se constituían legalmente conforme á los principios que proclamaban, reservándonos siempre la administración interior y gobierno económico de la provincia. Más presto conocimos que las mismas Córtes no estaban exentas del carácter falaz que ha distinguido a los gobiernos revolucionarios de España. La libertad, la igualdad de derechos que nos ofrecían en discursos sólo eran con el objeto de seducirnos y lograr nuestro reconocimiento. En nada se pensó menos que en cumplir aquellas promesas : los hechos eran enteramente contrarios; y mientras España nombraba un representante por cada cincuenta mil habitantes aun de los países ocupados constantemente por el enemigo, para la América se adoptaba otra base calculada de intento para que su voz quedase ahogada por una mayoría escandalosamente considerable, bien diremos que las inconsecuencias que se cometieron en este particular, asignando unas veces un diputado por cada Provincia y después veintiocho por toda la América, indicaban un refinamiento de mala fe respecto de nosotros. Siendo la nación soberana de sí misma y debiendo ejercer esta soberanía por medio de sus representantes, no podíamos concebir con qué fundamentos una parte de la nación quería ser más soberana y dictar leyes á la otra parte, mucho mayor en población y en importancia política; y cómo siendo iguales en derechos no lo eran también en el influjo y los medios de sostenerlos.

Nosotros no debimos someternos á tan degradante desigualdad. Reclamamos, representamos nuestros derechos con energía y con vigor, los apoyamos con las razones emanadas de las mismas declaratorias del Congreso Nacional: pedimos nuestra administración interior fundándola en la razón, en la justicia, en el ejemplo que dieron otras naciones sabias, concediéndola a sus posiciones distantes aun en el concepto de colonias que estaba ya desterrado de entre nosotros ; y últimamente ofrecíamos de nuevo, sobre estas bases, la más perfecta unión para mostrar que no eran vanas palabras enviamos los auxilios pecuniarios que nos permitían las circunstancias. Los que llamaban diputados de la América, sostuvieron en las Cortes con bastante dignidad la causa de lo americanos; pero la obstinación no cedió ; la razón gritaba en vano á los ánimos obcecados con las preocupaciones y la ambición de dominar; sordos siempre á los clamores de nuestra justicia, dieron el último fallo á nuestras esperanzas, negándonos la igualdad de representantes y fue un espectáculo verdaderamente singular é inconcebible ver que al paso que la España europea con una mano derribaba el trono del despotismo, y derramaba su sangre por defender su libertad, con la otra nuevas echase nuevas cadenas á la España americana, y amenazase con el látigo levantado á los que no quisiesen soportarlas.

Colocados en tan dolorosa alternativa, hemos sufrido toda clase de insultos de parte de los agentes del gobierno español, que obrarían sin duda de acuerdo sentimientos de éste; se nos hostiliza, se nos desacredita, se corta toda comunicación con nosotros, y porque reclamamos sumisamente los derechos que la naturaleza, antes que la España, nos había concedido, nos llaman rebeldes, insurgentes y traidores, no dignándose a contestar nuestras solicitudes el Gobierno mismo de la Nación.

Agotados ya todos los medios de una decorosa conciliación, y no teniendo nada que esperar de la nación española, supuesto que el gobierno más ilustrado que puede tener desconoce nuestros derechos y no corresponde á los fines para que han sido instituidos los gobiernos, que es el bien y la felicidad de los miembros que la sociedad civil, el deseo de nuestra propia conservación y de proveer á nuestra subsistencia política, nos obliga á poner en uso los derechos imprescriptibles que recobramos con las renuncias de Bayona, y la facultad que tiene todo pueblo de separarse de un gobierno que lo hace desgraciado.

Impelidos de estas razones de justicia que sólo hacen un débil bosquejo de nuestros sufrimientos, y de las naturales y políticas que tan imperiosamente convencen de la necesidad que tenemos de esta separación indicada por la misma naturaleza, nosotros los representantes del buen pueblo de Cartagena de Indias, con su expreso y público consentimiento, poniendo por testigo al ser supremo de la rectitud de nuestros procederes, y por arbitro al mundo imparcial de la justicia de nuestra causa, declaramos solemnemente á la faz de todo el mundo, que la Provincia de Cartagena de Indias es desde hoy de hecho y por derecho Estado libre, soberano é independiente; que se halla absuelta de toda sumisión, vasallaje, obediencia, y de todo otro vínculo de cualquier clase y naturaleza que fuese, que anteriormente la ligase con la corona y gobiernos de España, y que como tal Estado libre y absolutamente independiente, puede hacer todo lo que hacen y pueden hacer las naciones libres é independientes. Y para mayor firmeza y validez de esta nuestra declaración empeñamos solemnemente nuestras vidas y haciendas, jurando derramar hasta la última gota de nuestra sangre antes que faltar á tan sagrado comprometimiento.

Dada en el Palacio de Gobierno de Cartagena de Indias, á 11 días del mes de Noviembre de 1811, el primero de nuestra independencia.

Ignacio Cavero, Presidente-Juan de Dios Amador- José María García de Toledo-Ramón Ripoll-José de Casamayor-Domingo Granados-José María del Real-Germán Gutiérrez de Piíiéres-Eusebio María Cañamal-José María del Castillo-Basilio del Toro de Mendoza-Manuel José Canabal-Ignacio de Nar-váez y la Torre-Santiago de Lecuna-José María de la Terga-Manuel Rodríguez Tortees-Juan de Arias- Anselmo José de Urreta-José Fernández de Madrid- José María Benito Rerollo, Secretario.”

Aunque la junta en pleno firmó el acta de la independencia, el obispo Custodio Díaz Merino se negó a hacerlo, no valieron los intentos de persuasión por parte del presidente de la junta, el mexicano Ignacio Cavero. A pesar de la negativa del obispo, al día siguiente, 12 de noviembre, Cavero ejecutó la orden de clausurar la inquisición. Con distintos pretextos los inquisidores lograron mantenerse vigentes en Cartagena hasta el 1 de enero de 1812, cuando se trasladaron a Santa Marta, acción que acrecentó las disputas existentes entre las dos ciudades.

Para el 12 de noviembre de 1811, el ánimo de los cartageneros seguía encendido y acercándose a la Casa de Gobierno, exigieron a sus nuevos dignatarios que cesaran las hostilidades con Santafé y con Mompóx, la Junta, en un acto que demostraba el cumplimiento de las peticiones, prometió devolver a Cundinamarca unos fusiles que le había retenido cuando llegaron al puerto con rumbo a la capital.

La declaración de independencia de Cartagena fue el inicio, en la costa atlántica, de una serie de transformaciones políticas en los años inmediatamente posteriores, tales como la instalación de la Convención Constituyente del Estado en enero de 1812, la expedición de la Constitución del Estado en junio del mismo año y la guerra emprendida contra Santa Marta porque esta provincia aún continuaba con la causa del Rey de España. También fue el inicio de las declaraciones de independencia en las provincias que comprendían la entonces Nueva Granada.

Sobre el tránsito en Cartagena de la sociedad colonial a la republicana y su proceso de independencia puede verse:

LEMAITRE, Eduardo. Antecedentes y consecuencias del once de noviembre de 1811. Cartagena. Impresora Marina. 1961.

RIPOLL, María Teresa. La elite en Cartagena y su tránsito a la república. Bogotá. Universidad de los andes, Facultad de Ciencias Sociales – CESO, Departamento de Historia. 2006.

SOURDIS NÁJERA, Adelaida. Proceso de independencia en el caribe colombiano. Montería. Banco de la República. Julio de 1996.

TISNES, Roberto M. La independencia en la costa atlántica. Biblioteca de historia nacional, volumen CXXXIV. Bogotá. Editorial Kelly. 1976.

VARGAS MARTÍNEZ, Gustavo. “José Ignacio Cavero, en la independencia de Cartagena, un mexicano acabó con la Inquisición” En Revista Credencial Historia. No.57. Bogotá. Septiembre de 1994.

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