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CONTEXTO HISTÓRICO
Especiales
Guerras Urbanas

¡PASTO POR EL REY! LAS GUERRAS DE INDEPENDENCIA EN LA CIUDAD DE PASTO

pasto

Batalla de los Ejidos de Pasto.  José María Espinosa.  1845-1860
Óleo sobre tela, 80 x 120 cm.  Museo Nacional de Colombia, Bogotá, Registro 2515
Imagen tomada de: http://www.lablaa.org/blaavirtual/todaslasartes/espinosa/fig175.htm

“…desde que se supo de la revolución de Quito y se opuso esta ciudad por los consejos de U.,
nos ofrecimos los indios á servir en esta causa con nuestras personas y vidas,
sin interés alguno sino el de nuestra fidelidad
y amor á nuestro desgraciado y amado Rey Don Fernando Séptimo.” (Pasto, julio 6 de 1810)

 

Este texto es el primero de una serie sobre guerras urbanas en la independencia. Si bien es cierto que las grandes batallas conocidas que se libraron para lograr la independencia de la Nueva Granada se sucedieron en campos abiertos, también existieron encuentros armados en medio de ciudades, pueblos y villas. Estos probablemente son menos conocidos o reconocidos en la historia nacional, pero no por ello dejaron de devastar y en ocasiones casi destruir completamente las ciudades en las que ocurrieron, trazando además puntos decisivos en el desarrollo del entramado independentista. Se tiene entonces que en lugares como Cartagena, Santa Marta, Mompóx, Pasto e incluso la misma Santafé se presentaron grandes enfrentamientos bélicos a los que se hará referencia en estos especiales, iniciando por la ferviente realista del sur: la ciudad de San Juan de Pasto.

Los habitantes de Pasto que estuvieron en el bando de la monarquía desde principios de las guerras independentistas, en varias ocasiones se enfrentaron a los gobiernos republicanos de Quito y Santafé para defender sus intereses económicos y políticos. Esto significó diferentes enfrentamientos en las inmediaciones de la ciudad y sus calles, y por ende, la destrucción de parte de sus casas e iglesias y la muerte masiva de sus habitantes. Inclinarse por el Rey y no por la República le valió a los pastusos ser catalogados por los colombianos e historiadores del siglo XIX como brutos, bárbaros, tontos y fanáticos.

El 16 de octubre de 1809 los pastusos tuvieron el primer enfrentamiento bélico contra los patriotas, que por más de 15 años intentaron someter la ciudad y su distrito a su causa, y desterrar infructuosamente los sentimientos a favor del Rey España y la religión, logrando destruirla con sus habitantes. En el paso de Funes se batieron con las fuerzas de la Junta de Quito, como lo relató el capitán Miguel Nieto Polo a los funcionarios del cabildo de la ciudad de Pasto:

“Sabiendo que el enemigo, situado desde el día 13 del corriente al otro lado del río de Guáitara, en frente de nuestro Cuartel, tenía ciento ochenta y tres hombres, y esperaba reforzarlos con los auxilios que teníamos noticia, venían de Ipiales por chapal, temiendo que lo verificase porque empezaba ya á levantar su campo, y se retirase de un punto en que su ignorancia lo había colocado, y que reunido en otro ventajoso sería difícil acometerle, dispuso de común acuerdo con los demás señores Oficiales de este Destacamento, que pasasen por arriba de la tarabita, nadando, ó como pudiesen, noventa y siete hombres con lanzas y espadas, al mando del Teniente de la 5ª Compañía Don José Soberón y del Subteniente de la 6ª, Don José María Delgado y Polo. Al mismo tiempo pasaron por el lado de debajo de la tarabita ochenta hombres armados también con lanzas y espadas, al mando del Teniente de la 4ª Compañía, Dn. Francisco Javier de Santacruz y Villota, del de la 6ª, Dn. Juan María de la Villota y del Subteniente de la 5ª, Dn. Lucas de Soberón.

Por el centro y al frente del enemigo, que es el punto donde se pone la tarabita, pasé yo con el Capitán de la 4ª, D. Tomás Miguel Santacruz y Villota, el de la 5ª, Dn. Ramón de Benavides y el Teniente de la de Yacuanquer, Dn. Lucas de Benavides, con treinta y cinco fusileros de la Compañía de Popayán y otros de la de Pasto, al mando del veterano Luis Luengo, que hacía de Sargento, en que iba también de voluntario el cabo de Dragones, Dn. Juan José Polo y Santacruz, y los distinguidos Dn. Carlos y Dn. José Ibarra y Burbano. Inmediatamente que pasaron las tropas al otro lado del río, marcharon todas contra el enemigo, que se había situado en una meseta á distancia de tiro de fusil, con tres piezas de cañones de bronce de vara y cuarta de largo y cinco dedos de diámetro interior, doce fusiles, varios pares de pistolas y el resto de la gente armada con lanzas y otras armas blancas.

Al aproximarse nuestras tropas, pusieron bandera blanca los enemigos, con cuyo motivo se adelantó el Teniente de la 6ª Compañía, Dn. Juan María de la Villota, previniéndoles rindiese las armas; pero la contestación fué pegar fuego á los tres cañones, que no causaron avería alguna, porque al fogonazo se postraron de bruces los nuéstros, é inmediatamente avanzados, y aunque hicieron bastante resistencia, se rindieron después de tres cuartos de hora de combate; de nuestra parte sólo murió el soldado de la 2ª Compañía, Pedro Díaz Lucena, quien creyendo que se habían rendido abrazó á uno de los enemigos que le extendió los brazos, y al hacerlo con otro que se los alargó también, le tiró el mismo un pistolazo; y después de muerto le dieron varias lanzadas y palos; salió herido Felipe Hurtado de la Compañía de Patía, con una estocada cerca de la pontezuela del brazo izquierdo. De los enemigos han muerto algunos, cuyo número se ignora, por haber muchas concavidades y peñascos en el campo de batalla, el que se reconocerá mañana.

Hemos hecho ciento siete prisioneros hombres y ocho mujeres con dos hijos…

También hemos cogido algunas balas de cañón y fusil, pólvora y metralla, lanzas, fusiles y pistolas, algún dinero, caballerías y monturas y otros pertrechos de boca y guerra, cuyo número, peso y medida aún no se ha podido puntualizar.” (Guerrero, 1912: 37-38) 

Luego de tan frustrante derrota, los quiteños se rearmaron con un contingente de 5.000 hombres, que desquitándose de la derrota de Funes, entraron a Pasto el 22 de septiembre de 1811 al mando de los comandantes Pedro Montúfar y Feliciano Checa. Por lo tanto, los pastusos estuvieron sumidos en veinte largos y dolorosos días de saqueos, abusos y miseria, lo que resultó suficiente para acentuar su rechazo de la causa patriota. José Manuel Restrepo relata esos acontecimientos:

“Entre tanto organizada la provincia de Popayan, se formó una expedición para seguir contra Pasto la que se componia de la division auxiliar de Cundinamarca al mando de Baraya, y de tropas del valle de Cauca con el número total de mil doscientos hombres. Tacon viéndose atacado por el sur y por el norte, quiso resistir en el valle de Patía, y aun sorprender á Popayan desguarnecida; pero tuvo una deserción casi general de los pastuzos y patianos que desamparaban sus banderas por compañías. Huyó entonces hácia el desierto del Castigo á donde le persiguió una columna de las tropas de Baraya al mando del coronel D. José Diaz, obligándole á embarcarse en el Patía é ir á Barbacoas. Abandonados los ignorantes pastuzos de su gefe, se vieron en la necesidad de ceder á los quinteños, los que tomaron á viva fuerza el paso del Guaytara, y se apoderaron despues de la ciudad de Pasto, que desamparada por la mayor parte de sus moradores; sufrió bastante de las tropas de Quito, irritadas contra los pastuzos. Entre los despojos se apoderaron de ochenta mil pesos de oro en barras, parte del que Tacon había sacado de la casa de moneda de Popayan y que no pudo llevar en su fuga. Este botin indemnizó á la junta de Quito de todos los gastos de la expedición.

Los habitantes de Pasto llamaron con mucha insistencia al presidente de la junta de Popayan Don Joaquín Caycedo, para que los libertara de los quiteños. Caycedo fue con seiscientos hombres de las tropas de su provincia y las de Cundinamarca que mandaba el coronel Baraya, regresaron á Popayán desde el pueblo de Mercaderes. Varios destacamentos que habia dejado Tacon se rindieron, y á excepción de Barbacoas toda la provincia de Popayan quedó toda tranquila. La columna de Quito se retiró; y Caycedo, despues de ordenar del mejor modo posible los negocios de Pasto, se empeñó contra las órdenes de la junta de Popayan en ir á Quito á visitar á su tío el obispo de esta ciudad.” (Restrepo Tomo III, 1827: 10-13)

Luego de varias rebeliones fallidas contra el gobierno republicano instalado en Pasto, unas milicias conformadas por negros cimarrones del valle del Patía, indígenas del distrito de la ciudad y vecinos desafectos al mando del padre Pedro José Sañudo y don Ramón Zambrano, derrotaron a los patriotas el 20 de mayo de 1812, recuperando para el Rey la ciudad de Pasto y permaneciendo allí por dos meses. El combate duró cerca de nueve horas, en el que se apresaron al presidente de Popayán don Joaquín Caicedo y Cuero y unos 440 soldados. Los detalles son como siguen:

“Los vecino de esta ciudad, invitados por algunos del valle de Patía y especialmente del Presbítero Don Pedro Sañudo y Don Ramón Zambrano, se fueron reuniendo secretamente en las inmediaciones con las armas que habían podido ocultar y se presentaron al frente de la ciudad aparentando que trían multitud de tropas y armas ventajosas, siendo que no eran sino unos pocos y malos fusiles con quinientos cartuchos y un obusillo despreciable.

En la noche del 20 del citado Mayo remitió Caicedo a los Capitanes Don Angel Varela y Don Eusebio Borrero con competente número de fusileros á hacer fuego y aterrar á las miserables tropas. La noche fué demasiado lluviosa.

Con este beneficio se hizo el fuego infructuoso y aparentando los nuéstros que tenían artillería, dando fuego al obusillo y caballería, con que, con mucha grita mandaban avanzar, huyeron precipitadamente los dos Oficiales y soldados, poseídos de terror imponderable. Ya había acaecido antes el haber huído cien hombres de los caleños desde el pueblo de Buesaco aterrados de sólo treinta nuéstros que estaban al frente, el Juanambú por medio, que figurando multitud de tropas los desafiaban y burlaban. En la noche del 20, por temor del fuero se nos desertaron la mayor parte de nuestras tropas infelices; pero amaneciendo el 21 (en el mismo que Don Joaquín Caicedo había pretextado el sacrificio de todos los nobles, porque no habían querido salir á oponerse y pelear contra los que él consideraba patianos y de otros países), salieron de esta ciudad á reunirse con los que estaban al frente, todos los nuéstros, á quienes se agregaron muchos indios de los pueblos, y á cosa de las nueve del día hicieron una entrada tan denodada y bien dispuesta que despreciando las balas enemigas, se tomaron las calles, quedando las tropas caleñas encerradas en la plaza mayor, cortaron las aguas y con fuego bien ordenado hirieron y mataron algunos enemigos, aterrándose tanto Caicedo, que después de un fuego vivo de más de seis horas (porque en las calles se fueron proveyendo los nuéstros de cartuchos y fusiles que habían tenido ocultos, habiéndoles proveído de uno en uno aún las religiosas del Monasterio de Conceptas de esta ciudad), rindió Caicedo las armas, quedando prisionero con su Oficialidad y tropa.” (Guerrero, 1912: 104-105).  

El disgusto del gobierno de Popayán se hizo sentir con una amenazante carta enviada al cabildo de Pasto el 4 de julio:

“La ruina de Pasto ha llegado y esa ciudad infame y criminal va á ser reducida á cenizas.

No hay remedio: un Pueblo estúpido, perjuro é ingrato que ha roto los pactos y convenciones políticas y que con la más negra perfidia ha cometido el horrible atentado de hacer prisionero al Presidente de este Gobierno, después que enjugó sus lágrimas y le levantó de la desgracia en los días de sus amarguras, debe ser, como el Pueblo Judío, entregado al saqueo y á las llamas. Tiemble, pues, la ingrata Pasto que ha hecho causa común con los asesinos y ladrones de Patía, y tiemblen esos hombres de escoria y de oprobio que se han erigido en cabezas de la insurrección de los pueblos. Una fuerza poderosa, terrible, destructora y hábilmente dirigida va á caer sobre esa ciudad inicua.

Ella será víctima del furor de un Reino entero, puesto en la actitud de vengarse y aniquilarla.

Las tropas belicosas de las Provincias confederadas de la Nueva Granada reducirán á pabezas á Pasto y sólo podrá evitar su irremediable destrucción poniendo inmediatamente en libertad las personas del Presidente, Oficiales y soldados, pérfidamente sorprendidios, y entregando todas las armas.

Decídase, pues, ese Ayuntamiento: ésta es la primera y última intimidación que le hace este Gobierno, justamente irritado, de la Provincia de Popayán.” (Guerrero, 1912: 85-86).

Ciertamente Popayán cumplió las amenazas a Pasto, ya que dirigió un enérgico ataque comandado por José María Cabal y el norteamericano Alejandro Macaulay, obligando a los pastusos a rendirse y negociar un armisticio el 26 de julio, en el que canjearon prisioneros, entre ellos el presidente de la Junta de Ciudades Confederadas del Valle, Joaquín Caicedo, y prometieron respetar el gobierno establecido en la ciudad. Pero como las tropas de Macaulay incumplieron la retirada hacia Popayán, planearon continuar a Quito. Mientras tanto, los pastusos, apoyados por los patianos juntaron fuerzas para detener la marcha, y a mediados de agosto eliminaron temporalmente del sur cualquier reducto patriota. En enero de 1813 fueron fusilados en Pasto Joaquín Caicedo y el coronel Macaulay, cerrando por algún tiempo el telón del republicanismo en esa región (Llano, 1995: popayan). Se instauró un gobierno realista de facto a la cabeza de Blas de la Villota y Estanislao Merchancano, con la influencia de jefes patianos como Juan José Caicedo y Joaquín de Paz. Sobre estos hechos se conoce que:

“El Macaulay engreído y creyéndose victorioso, se presentó al Ejido de la ciudad desde donde intimó la rendición, la entrega de las armas y de los prisioneros, con protesta de entrar á sangre y fuego. Nuestras tropas y paisanos, valerosos, determinados á despreciar el fuego y concluir la suerte con armas blancas, le contestaron que lo esperaban sin temor de sus amenazas.

Esta determinación acobardó á Macaulay, y el Presidente Caicedo, con astuta sagacidad, propuso capitulaciones, cuyos artículos se redujeron á que habíamos de quedar nosotros con las armas, con nuestro antiguo Gobierno, retirarse la tropa enemiga y canjeo de prisioneros. Esta se aceptó por nosotros, por la inferioridad de las fuerzas y armas y se firmó solemnemente por el que hacía aquí de Jefe, por Caicedo y Macaulay. Pero habiéndosele entregado incautamente los prisioneros todos, con que engrosaron su ejército, comenzaron á manifestar la infamia, dejando de retirarse con figurados pretextos hasta que en la noche de Agosto trataron de pasarse á reunir con las tropas quiteñas que se hallaban en la Provincia de los Pastos, y por la misericordia de Dios no se habían determinado á venir á atacarnos á dos frentes.

Los juicios de Dios arruinaron los de estos hombres pérfidos. Siendo descubiertos en el pueblo de Catambuco, donde ya habían pasado como una legua, fueron seguidos á procurarles no sólo el alcance, sino también la contención. Los nuéstros, ayunos y cansados, no pudiendo llegar reunidos, fueron retirados perdiendo bastante terreno; pero engrosándose y con la exhortación de los Nobles, Jueces y Oficiales, dieron sobre éllos y los hicieron retroceder hasta una casa de campo.

Allí volvieron á proponer capitulación á que habían accedido incauta é imprudentemente algunos; pero el Capitán Villota, Don Francisco Delgado, éstos principalmente, y otros, contradijeron la capitulación á que se siguió un violento fuego de los enemigos, sin más pérdida nuestra en él, que la de un indio, fuera de 22 ó poco más que ya nos habían mueto; mas los nuéstros, con valor indecible, animados y asociados hasta de las mujeres, que arrostrando los peligros concurrieron ya con alimentos, ya con armas á las acciones, dieron sobre los enemigos, los obligaron á correr precipitadamente, les mataron como ciento ochenta hombres, les quitaron las armas é hicieron prisioneros más de cuatrocientos, con el Presidente y la Oficialidad toda.

Macaulay había fugado, pero fué cogido en el pueblo de Buesaco por el Pedaneo de aquel partido y algunos indios y conducido por el Capitán Villota que había ido en su alcance, quien lo preservó de que lo despedazase el pueblo.” (Guerrero, 1912: 105-106).

Pero la paz para la ciudad de Pasto no fue duradera, ya que se inició la campaña del sur por el presidente del Estado de Cundinamarca Antonio Nariño con unos 1.500 hombres en septiembre de 1813. Después del éxito patriota sobre las fuerzas realistas de Juan Sámano en Popayán, a finales de marzo de 1814 Nariño salió rumbo a Pasto con el fin de reestablecer el republicanismo. Empero, la ruta no sería nada fácil, pues a su paso fueron hostilizados por las guerrillas realistas del valle del Patía y recibidos por una férrea resistencia en el paso del río Juanambú y en los Altos de Tacines y Cebollas. Al sobrepasar estos obstáculos, el general Nariño creyó que la resistencia pastusa estaba vencida, pero fue derrotado por sus habitantes y los indios de sus alrededores el 10 de mayo de 1814, cayendo prisionero y puesto a disposición las autoridades españolas. Más que recordar la triste y dolorosa derrota en los Ejidos de Pasto, José María Espinosa destacó el increíble valor de Nariño:

“Desde el Ejido se veía al ejército realista que iba en retirada por el camellón que va para el Guáitara, al mando del brigadiera don Melchor Qymerich, y bajábamos con la seguridad de que no se nos opondría fuerza alguna, cuando nos sorprendió un fuego bobo que salía de entre las barrancas del camino y los trigales; veíamos el humo, pero no la gente que hacía fuego. A pesar de eso seguimos hasta un punto que llaman El Calvario, que está a la entrada de la ciudad. El fuego era tan vivo de todas partes y la gente estaba tan emboscada y oculta, que no podíamos seguir adelante ni combatir, y el general, no sabiendo lo que habría dentro de la ciudad, resolvió que regresásemos al Ejido. Desde allí vimos que por la plaza iba una procesión con grande acompasamiento y llevaban en andas con cirios encendidos la imagen de Santiago. De este punto mandó Nariño una intimación y no la contestaron. Entonces dispuso éste el ataque; pero las guerrillas pastusas se aumentaban por momentos, cada hombre iba a sacar las armas que tenía en su casa y temiendo las venganzas de los patriotas, exageradas por los realistas, formaron en un momento un ejército bien armado y municionado, que parecía que lo había brotado la tierra.

Al anochecer nos atacaron formados en tres columnas. Los nuestros se dividieron lo mismo, y la del centro, mandada por Nariño en persona, les dio una carga tan formidable que los rechazó hasta la ciudad. La intrepidez del general era tal, que yo olvidaba mi propio peligro para pensar en el suyo, que era inminente. Pero las otras dos alas habían sido envueltas y rechazadas, y los jefes, viendo que Nariño se dirigía a tomar una altura para dominar la población, lo creyeron derrotado y comenzaron a retirarse en dirección de Tacines, donde estaba el resto del ejército, para buscar su apoyo. A medianoche resolvió Nariño retirarse también, pues no le quedaban sino unos pocos hombres y las municiones se habían agotado durante la pelea. Si la gente que estaba en Tacines se hubiese movido, como lo ordenó él repetidas veces, nosotros, reforzados, habríamos resistido; pero no se cumplieron sus órdenes, no sé por qué.

Para probar el arrojo de Nariño en esta ocasión, basta citar el hecho siguiente, sabido de todos, pero que yo refiero como testigo ocular de él. Cerca de El Calvario cayó muerto su caballo de un balazo, y entonces cargaron sobre el general vario soldados de caballería; él, sin abandonar su caballo, con una perna de un lado y otra del otro del fiel animal, sacó prontamente sus pistolas y aguardó que se acercasen; cuando iban a hacerle fuego, les disparó simultáneamente, y cayendo muerto uno de los agresores, se contuvieron un momento los otros. En este instante llegó el entonces capitán Joaquín París con unos pocos soldados y lo salvó de una muerte segura, o por lo menos, de haber caído prisionero…

Perdimos en esta jornada, entre aquellos cuyos nombres recuerdo ahora, al mismo teniente Narciso Santander, tan valiente como simpático y ardoroso patriota; a los oficiales Mendoza, Camilo y Vicente Díaz, antioqueños, el alférez Ramírez y otros. Los pocos que salimos en retirada íbamos por el camino real, sierre al lado de Nariño…” (Espinosa, 1997: 38-40).

Cuando Pasto creyó que había logrado zafarse de la presión y exigencias patriotas, la reconquista de Pablo Morillo en 1816 ocasionó los abusivos requerimientos a los pastusos por parte de los oficiales y funcionarios españoles. A pesar de estos desaires, los pastusos continuaron fervorosos a la monarquía. En una representación del 13 de octubre de 1816, el cabildo solicitaba a Morillo:

“Al salir de los conflictos, á costa de nuestra sangre, se nos hacían promesas magníficas de poner en esta ciudad la Capital del Gobierno, el Obispado, la Real Casa de Moneda y otras; mas, pasado el susto, ha sucedido el olvido y aún la envidia y emulación…

A ejemplo de Cuenca deseamos aquí el establecimiento de un Colegio Real y Seminario, siquiera con dos Cátedras de Filosofía y Teología Moral…

Sobre la gracia propuesta, desearíamos la libertad del ramo de Alcabalas, de nuestras producciones y pequeño comercio activo…

Los ramos de aguardiente y tabaco, cuyos estancos se levantaron, mantienen á muchos infelices y desearíamos que fuésemos absueltos de su establecimiento.

Es necesario que se restablezcan contribuciones para mantener las guarniciones á que han dado ocasión las revoluciones; pero habiendo combatido nosotros contra éstas, con los inmensos sacrificios que hemos obrado, parece de justicia que sea libertada de ellas nuestra ciudad.

Últimamente nuestros indios han sido fidelísimos; han servido infinitamente, llegando aun á tomas las armas y perder la vida muchos; y siendo dignos de la real conmiseración, parece que aun cuando no fuese absueltos de la contribución que se llama tributo, enteramente, para que quede á los Curas el extipendio, podrían ser absueltos siquiera de la mitad.”  (Guerrero, 1912: 140-142).

El panorama cambió en 1819 al ser derrotadas las tropas José María Barreiro en la batalla de Boyacá del 7 de agosto, por lo que las fuerzas del Rey se replegaron al sur, constituyéndose Pasto, nuevamente, en el fortín realista, preparándose para la guerra que se venía sobre su territorio. En enero de 1820 se había reunido un ejército de unos 3.000 milicianos conformado por quiteños, patinaos y pastusos al mando del comandante Sebastián de la Calzada. Esta milicia recuperó Popayán, rechazó al ejército colombiano en el mes de febrero de 1821 en el pueblo de Genoy, cerca de Pasto, y en julio del mismo año fue aniquilada una tropa de reconocimiento en el Patía. Desde Barinas, el 21 de abril de 1821, Simón Bolívar recomendaba al vicepresidente Santander tomar las medidas contra Pasto: “El ejército del sur debería ser reforzado con los “Húsares de Bogotá” y con los “Guías” que se lleven de grado o por fuerza. Si no, Vd. verá como los pastusos vienen al Cauca.” (Bolívar, 1983: 197)

Cuando Simón Bolívar se puso a la cabeza de la expedición del Sur, tuvo un encuentro bélico con los pastusos dirigidos por el coronel Basilio García en la Hacienda de Bomboná el 7 de abril de 1822. Ambos bandos salieron muy mal trechos; mientras García se retiró a Pasto, el Libertador lo hizo hacia el Trapiche. Bolívar sugirió una capitulación generosa que respetaba la persona y bienes del clero y la elite, lo que le permitió entrar pacíficamente a la ciudad el 8 de junio del mismo año. Pero el componente popular del ejército realista, conformado por campesinos indígenas, se negó a aceptar el pacto expresando su inconformidad con las autoridades civiles y religiosas, y retirándose con sus armas a sus casas sin rendirle honores al Libertador y sus tropas. Dejemos que la pluma del Libertador narre, desde Pasto el 9 de junio, los acontecimientos de 1822:

“Había pensado no escribir a Vd. sino de Pasto, o el otro mundo, si las plumas no se quemaban; pero estando en Pasto tomo la pluma y escribo lleno de gozo, porque a la verdad hemos terminado la guerra con los españoles asegurando para siempre la suerte de la república. En primer lugar, la capitulación de Pasto es una obra extraordinariamente afortunada para nosotros, porque estos hombres son los más tenaces, más obstinados, y lo peor es que su país es una cadena de precipicios donde no se pueda dar un paso sin derrocarse. Cada posición es un castillo inexpugnable, y la voluntad del pueblo está contra nosotros, que habiéndoles leído públicamente aquí mi terrible intimidación, exclamaban que pasaran sobre sus cadáveres; que los españoles los vendían y que preferían morir a ceder. Esto lo sé hasta por los mismos soldados nuestros que estaban aquí enfermos. Al Obispo le hicieron tiros porque aconsejaba la capitulación. El coronel García tuvo que largarse de la ciudad huyendo de igual persecución. Nuestra división está aquí, y no hace una hora que me ha pedido una guardia de Colombia, por temor a los pastusos…

El coronel Zambrano está nombrado de comandante político y militar para atraer estas gentes, que, sin duda, plegarán bajo la influencia del Obispo y de los que tienen que perder. Los pastusos militares están disueltos, pero se ha mandado recoger sus armas, y Zambrano me ha ofrecido que lo conseguiremos…

Yo estaba desesperado de triunfar y sólo por honor he vuelto a esta campaña. Tenga Vd. entendido que mi intimidación fue la que produjo el efecto, pues aquí no se sabía ni se podía saber nada de la batalla de Sucre, ni se ha sabido hasta el 1º. Por lo mismo, no quiero que atribuyan a Sucre el suceso de mi capitulación…

Espero que Vd. nos llene una bella Gaceta de bellas cosas, porque, al fin, la libertad del Sur entero vale bien más que el motivo que inspiró aquello del “hijo primogénito de la Gloria”. Se entiende por lo que respecta a Pasto, que era lo terrible y difícil de esta campaña. No puede Vd. imaginarse lo que es este país y lo que eran estos hombres; todos estamos aturdidos con ellos. Creo que si hubieran tenido jefes numantinos, Pasto habría sido otra Numancia, y con esto adiós, hasta Quito.” (Bolívar, 1983: 230-232) 

Luego que Bolívar reinició su camino a Quito, el español Benito Boves se fugó de sus captores tras ser atrapado en la batalla de Pichincha y reunió en el distrito de Pasto a los hombres dispersos para formar una guerrilla. El 28 de octubre de 1822 tomó la ciudad de Pasto, restauró el orden monárquico y se alistó para recibir con las armas y apoyo de los indios a los republicanos. Claramente ofendido, Simón Bolívar encargó al mariscal Sucre controlar a los insurrectos, quien a sangre y fuego tomó la ciudad dejando cerca de 400 pastusos muertos y unos 1.300 realistas deportados. Cuando el Libertador llegó a Pasto en enero de 1823, decretó duras sanciones económicas, deportaciones, reclutamientos forzados de indígenas, fusilamientos sin juicio y la disolución de los resguardos y supresión de los conventos menores ordenados por el Congreso. Estas medidas ocasionaron un profundo odio contra el republicanismo en lugar de escarmentar a los pastusos. Así señaló Bolívar desde Pasto lo acontecido cuando ingresó a la ciudad en una epístola escrita el 8 de enero al general Santander:

“He mandado repartir treinta mil pesos en contribución para el ejército y recoger ganado y bestias para el servicio del ejército. Dudo que se recoja el dinero, pero los ganados sí se recogen porque la tropa lo está haciendo. También he mandado embargar los bienes de los que no se presentaron al tiempo señalado. Sólo un oficial se ha presentado, y los demás están dispersos. Boves, con algunos otros comprometidos, se ha ido al Marañón, por donde salió Calzada. Yo los he mandado perseguir por todas direcciones; mas aquí no se coge a nadie porque todos son godos. Todo es ojo para ver al gobierno, y el gobierno no ve nada.

Dicen que en Patía no se han medito en nada, y yo me alegro mucho. El correo, sin embargo, no debe venir nunca por aquí, porque frecuentemente será interceptado en estos territorios que no son amigos desde el mismo Popayán hasta la provincia de Quito, inclusive los Pastos.” (Bolívar, 1983: 278-279).

Pero la paz republicana impuesta por terror también fue esquiva. El mestizo Agustín Agualongo logró levantar una milicia guerrillera de campesinos indios, mestizos y patianos, quienes golpearon vigorosamente al régimen republicano el 12 de junio de 1823. A la recuperación de Pasto siguió el nombramiento de Estanislao Merchancano en lo civil y a Agustín Agualongo en lo militar. Desde Quito, el general Bolívar dispuso la estrategia militar a seguir para aplastar definitivamente a los pastusos, tal como lo expresó en una carta a Santander del 3 de julio de 1823:

“Imagínese usted el conflicto en que yo estaré, habiéndose levantado los pastusos el 12 de junio, y habiendo entrado Canterac en Lima en 19 del mismo mes. Los pastusos derrotaron 600 hombres nuestros que tenía Flores en su país, y nos tomaron las armas y las municiones, etc., según todas las noticias que hay; ellos tenían antes 200 fusiles y más de 600 hombres; quiere decir que estos determinados malvados pueden invadir la provincia de Quito, y tomarla si yo mismo no me les opongo con dos pequeños escuadrones y los pocos veteranos que nos quedan de Yaguachi y vargas. Por supuesto que he traído 1.700 fusiles de Guayaquil con 300 veteranos, y se están levantando todas las milicias del país para quitarles la provincia de Los Pastos, y después pasar al Guáitara, que es lo más difícil de todo, con gente de Bochalema. Llevaré cuatro piezas de cañón, zapadores y un buen oficial de ingenieros que hay aquí, para observar las reglas de la guerra con más exactitud que nunca, porque las circunstancias lo demandan así, pues si tenemos un revés se unen los pastusos con los enemigos del Perú, y llegan hasta Popayán, sin contar para nada Morales y sus tropas, que de ese caballero nada sé.

He tomado cuantas medidas ha dictado el caso, y espero que será con fruto. El pueblo de este departamento ha mostrado mucho patriotismo; principalmente los ricos que se han mostrado dignos colombianos; así espero que lograremos destruir a Pasto.” (Santander-Bolívar, 1988: 84-85). 

Mientras tanto, Agualongo decidió marchar al sur con unos 1.500 hombres mal armados, encontrándose con las tropas de Bolívar en la villa de Ibarra en julio de 1823. El resultado fue una auténtica masacre propinada por los patriotas, cayendo en el campo de batalla unos 800 pastusos muertos. El parte de batalla del Libertador lo dio al general Santander desde Quito, el 21 de julio:

“Logramos, en fin, destruir a los pastusos. No sé si me equivoco como me he equivocado otras veces con esos malditos hombres, pero me parece que por ahora no levantarán más su cabeza los muertos. Se pueden contar 500 por lo menos; mas como tenían más de 1.500, no se puede saber si todos los pastusos han caído o no. Muchas medidas habíamos tomado para cogerlos a todos y realmente estaban envueltos y cortados por todas partes. Probablemente debíamos coger el mayor número de estos malvados. Usted sabrá por el general Salom los que hayan cooperado, y lo más que haya sucedido después de la victoria. Yo he dictado medidas terribles contra ese infame pueblo, y usted tendrá una copia para el ministerio, de las instrucciones dadas al general Salom. Pasto es la puerta del sur, y si no la tenemos expedita, estamos siempre cortados; por consiguiente, es de necesidad que no haya un solo enemigo nuestro en esa garganta. Las mujeres mismas son peligrosísimas. Lo peor de todo, es que cinco pueblos de los pastusos son igualmente enemigos, y algunos de los de Patía también lo son. Quiere decir esto, que tenemos un cuerpo de más de 3.000 almas contra nosotros, pero una alma de acero que no plega por nada. Desde la conquista acá, ningún pueblo se ha mostrado más tenaz que ese. Acuérdese usted de lo que dije sobre la capitulación de Pasto, porque desde entonces conocí la importancia de ganar esos malvados. Ya acá visto que no se pueden ganar, por lo mismo es preciso destruirlos hasta en sus elementos.” (Santander-Bolívar, 1988: 96-97).

Como Agualongo logró huir con los sobrevivientes, el Libertador ordenó al general Salom exterminar en dos meses a los bandidos levantados contra la República, pero no le resultó cómodo. Agualongo reunió una nueva guerrilla en los alrededores de Pasto que hostilizó a los patriotas. Desde el 18 de agosto y durante la semana siguiente las tropas de Salom quedaron sitiadas, hasta que se vieron obligados a retirarse de Pasto rumbo a Túquerres. Una vez más Pasto fue recuperado para el Rey entre el 23 de agosto de 1823 hasta mediados de septiembre. Dados los fatales resultados de Salom para defender a Pasto de las guerrillas realistas, fue sustituido en la comandancia por José Mires, quien de inmediato comenzó su campaña de pacificación por Pupiales. Se enfrentó a los realistas en Pasto haciéndolos escabullirse hacia el Patía, donde en su huída derrotaron al coronel José María Córdoba en octubre, obligándolo a retroceder a Popayán.

Un nuevo ataque a la ciudad de Pasto sucedió entre el 6 y 7 de febrero de 1824 por guerrilleros realistas que entraron por el ejido hasta la plaza principal con el objetivo de tomarse el cuartel patriota. Esta conquista no duró mucho, pues el comandante Flores contraatacó, peleando durante tres días en las calles y casas de la ciudad, recuperándola para la República y tomando más de 200 prisioneros, que fueron fusilados casi de inmediato. Agualongo, Merchancano y los sobrevivientes, otra vez encontraron refugio en los territorios de las guerrillas del Patía. Pero luego de intentar tomar infructuosamente la ciudad de Barbacoas en 1 de junio, se refugiaron en el Patía donde fueron avisados en el Alto del Castigo. El avance del ejército colombiano dejó pocos sobrevivientes, siendo fusilados los comandantes, entre ellos Agustín Agualongo el 13 de julio de 1824. Después de esta fecha, persistieron algunas guerrillas de pastusos y patianos, pero sin el alcance y logros de los años 1822 a 1824.

En conclusión, la estratégica ubicación de Pasto como puerta de entrada a Quito y el Perú, y su férrea posición realista, la enemistaron con los patriotas neogranadinos y quiteños. Desde el principio de la independencia, los pastusos supieron que defenderían la monarquía hasta la muerte. Durante un proceso de aproximadamente 15 años, los vecinos blancos recibieron el valioso apoyo de los campesinos de los pueblos de indios circunvecinos y de los patianos. Este auxilio convirtió a Pasto en una zona realista casi inexpugnable que resistía los ataques de los ejércitos republicanos. Pero cuando las elites blancas decidieron someterse al gobierno de la República instalado por Bolívar, indígenas, mestizos y negros tomaron la bandera del Rey para defender sus derechos adquiridos en tres siglos de monarquía. En efecto, Pasto se ganó el odio y una constante amenaza bélica que dejó sus huellas en su recinto urbano: tropas de un bando y otro corriendo por las calles, casas e iglesias destruidas y semidestruidas, huecos provocados por balas de fusil y cañón, y sementeras y hatos saqueados.  Ciudad que tuvo que reconstruirse total o parcialmente en más de una ocasión.

 

BIBLIOGRAFÍA

BOLÍVAR, Simón. Bolívar: Epistolarios Bolívar-Francisco de Paula Santander, Francisco de Paula Santander-Bolívar. Tomo I. Caracas. Ediciones de la Presidencia de la República. 1983.

GUERRERO, Gustavo. Documentos históricos de los hechos ocurridos en Pasto en la guerra de la independencia. Pasto. Imprenta del departamento. 1912.

GUTIÉRREZ RAMOS, Jairo. Los indios de Pasto contra la República (1809-1824). Bogotá. Instituto Colombiano de Antropología e Historia. 2007.

LLANO ISAZA, Rodrigo.  “Hechos y gentes de la primera república colombiana  (1810-1816)”.  En: Boletín de historia y antigüedades.  No. 789.  Bogotá.  1995.  Páginas 501-523.
Disponible en: http://www.lablaa.org/blaavirtual/historia/primera/indice.htm

RESTREPO, José Manuel.  Historia de la revolución de la república de Colombia.  Tomo III.  Paris.  Librería Americana, Imprenta de David.  1827.

SANTANDER, Francisco de Paula. Cartas Santander-Bolívar 1823-1825. Tomo IV. Bogotá. Biblioteca de la Presidencia de la República Administración Virgilio Barco. 1988.

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