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CONTEXTO HISTÓRICO
Especiales
Guerras Urbanas

SANTAFÉ

Plaza de San Victorino
Imagen tomada de: VARGAS LESMES, Julián.  Historia de Bogotá.  Conquista y colonia.  Bogotá.  Villegas editores, Alcaldía Mayor de Bogotá.  2009.  Página 13.

Como ya se ha visto, varias de las guerras sucedidas durante el proceso de independencia de la actual Colombia sucedieron en zonas urbanas; importantes ciudades del país como Cartagena, Pasto ó Popayán tuvieron en sus calles enfrentamientos armados.  Bogotá, entonces denominada Santafé, no fue la excepción, en enero de 1813 y en diciembre de 1814, las calles, casas y plazas de la capital de virreinato debieron soportar ataques, confrontaciones y por consiguiente destrozos. Sin embargo, esas dos batallas tuvieron una particularidad, no se trataron de luchas entre patriotas y realistas, no fueron guerras por la libertad, esa vez, se trató de enfrentamientos por poder, centralistas y federalistas luchaban por la imposición de una forma de gobierno a la recién independizada nación.

El enfrentamiento de 1812, conocido como la Batalla de San Victorino, sucedió cuando Antonio Baraya decidió sitiar y atacar a la ciudad. Sus habitantes, guiados por Antonio Nariño, se negaron a aceptar la propuesta de gobierno federalista que intentaba implementar el Congreso de las Provincias Unidas con Camilo Torres a la cabeza.

El 19 de septiembre de 1811, Nariño había asumido la presidencia de Cundinamarca después de lograr movilizar a la opinión pública en contra del entonces presidente Jorge Tadeo Lozano.  Desde aquel momento, Nariño decidió implementar un sistema de gobierno centralista, en oposición al que se adherían el resto de las provincias de la Nueva Granada.  A mediados de 1812, Antonio Baraya, quien hacía unos meses (enero de 1811) había entrado victorioso a Santafé después de su éxito contra las fuerzas realistas en el Bajo Palacé en 1811, fue enviado por Nariño, de quien además era amigo personal, a cumplir una misión contra los españoles que intentaban invadir Ocaña.  Sobre las reales intenciones de Nariño en la misión encomendada a Baraya existen diferencias, pues hay quienes aseguran que en realidad Nariño había encomendado a Baraya la tarea de adherir al gobierno de Cundinamarca algunas poblaciones de la provincia de Tunja.

Cuando Baraya llegó a la provincia de Tunja cambió su opinión sobre la forma de gobierno central, asumió la bandera federalista, representación del Congreso que operaba desde la capital de dicha provincia y emprendió una ofensiva militar contra Nariño y su ejército.  El primer enfrentamiento sucedió en la población de Ventaquemada, el 2 de diciembre de 1812, en esa ocasión Antonio Baraya venció a Antonio Nariño quien decidió retirarse hasta Santafé y emprender una reorganización de sus tropas.  Por su parte, Baraya no retrocedió y por el contrario, ante la victoria, continúo su avance hacia Santafé.

El 22 de diciembre se da el primer anuncio en la ciudad de un posible ataque de los federalistas comandados por Baraya. Ante el peligro, el presidente Nariño decidió tomar precauciones para asegurar la ciudad e intentaba mediar para evitar el conflicto.  Sobre el asunto dice el cronista José Manuel Restrepo:

“Nariño concentró sus fuerzas en Santafé.  Bajo la dirección del francés Bailli y del brigadier Leiva, se hicieron algunas fortificaciones en San Diego, San Victorino y por el lado de Fucha, que son las entradas principales de la ciudad.  Guarneció también con doscientos hombres el cerro importante de Monserrate, que domina a Santafé.  Al mismo tiempo Nariño interesaba a los cabildos secular y eclesiástico y a otras varias corporaciones respetables para que mediaran, a fin de que se hiciera la paz y hubiera un acomodamiento; escribió a Baraya, a Caldas y a otros de sus antiguos amigos que venían en el ejército de la unión, interesándolos en que se consiguiera una terminación pacífica; con el mismo objeto envió diputaciones a Baraya y a la comisión del congreso.  A pesar de que Nariño hacía concesiones bien importantes, de ningún modo se aceptaron; procedimiento muy errado, que fue causa de continuarse las operaciones militares.”  (Restrepo, 1974: 263).

En los últimos días del mes de diciembre, Baraya estableció su cuartel en Fontibón y emprendió una estrategia que consistía en sitiar la ciudad, buscando que se rindiera por hambre; sin embargo, el joven militar no contaba con que pudieran invertirse los papeles.  Santafé tenía en su interior y a su alrededor abundancia de cultivos y disponibilidad de víveres y animales, en cambio, los soldados de la federación sufrían hambre mientras la espera.

En esos días, los dos bandos cruzaron misivas en las que se intentaba una solución al conflicto, pero Baraya se mantuvo firme en su posición de atacar la ciudad a menos que Nariño desistiera de su presidencia y Cundinamarca se acogiera al Congreso de las Provincias Unidas. El sitio duró más de lo esperado por los habitantes de Santafé. El 1º de diciembre de 1813 escribe José María Caballero:

“Estamos en la actual guerra con don Antonio Baraya. Nos ha tomado las entradas principales de los caminos; pretende hostilizarnos por hambre, y ya comenzamos a sufrir escaseces de víveres. Sus campamentos están en Usaquén, Puentegrande, Bosa y Fontibón. Los nuestros están en San Diego, San Victorino Monserrate, Santa Catalina y Los Laches.”  (Caballero, 1974: diario6a).

La situación favoreció a los hombres de Baraya para que continuaran su avance sobre la ciudad. Fue así que el 5 de enero, Atanasio Girardot, oficial del ejército de la Unión, atacó de manera exitosa el punto de Monserrate que estaba custodiado por un grupo de hombres al mando de Pío Domínguez. Este hecho, desmoralizó grandemente a los santafereños, que llenos de miedo decidieron cancelar la celebración de las tradicionales fiestas de reyes del barrio Egipto. Por su parte, Nariño envió como diputado ante el comandante federalista a Tadeo Vergara quien llevaba la misión de entregar la ciudad. A cambio, el presidente pedía su libertad y la de su familia, y el respeto de la vida y hacienda de todos en Santafé.  “…y la respuesta fue: que le habían de entregar la ciudad a discreción y si no entraría a sangre y fuego, donde resultó que muchos empezaron a marcharse prófugos, algunos nariñistas y soldados.”  (Caballero, 1974: diario6a).

Mientras Caballero describe la angustia suscitada por la respuesta de Baraya, José María Espinosa, que formaba parte de las tropas nariñistas acuarteladas en San Victorino, dice que el batallón en pleno rechazó lo dicho por Baraya y apoyó de manera incondicional al presidente de Cundinamarca.

Al día siguiente, Nariño envió de nuevo una delegación en busca de conciliación. Para ese momento, los federalistas tenían tomados los puntos de Monserrate, Usaquén, Suba, Puentegrande, Fontibón, Techo y puente de Bosa, eso sin contar, que la mayoría de pueblos de Cundinamarca se habían adherido al ejército de la unión; la batalla que se libraba era entonces de Santafé contra el total de la Nueva Granada.  Baraya se negó de nuevo y se preparó para la lucha.  El mismo día (7 de enero de 1813), mientras en San Victorino se esperaba la respuesta de la comisión enviada ante Baraya, llegó la noticia que un grupo de santafereños al mando del francés Antonio Bailly había atacado y vencido en Usaquén a los hombres de Antonio Morales.  De nuevo la tropa se llenó de entusiasmo y decidió concentrarse toda en San Victorino abandonando los demás puntos de defensa.

Con ánimos renovados, en la mañana del 8 de enero, los hombres de Santafé comenzaron su avance hasta Puente Aranda, además de lograr engañar a Girardot, que se encontraba custodiando el ganado punto de Monserrate para que no interviniera mientras Baraya era atacado:

“Un prisionero advirtió a Nariño que Girardot había recibido en Monserrate orden de Baraya para coadyuvar al ataque de la ciudad al día siguiente. El Dictador engañó al prisionero y suplantando la orden hizo llegar a Girardot aviso para que no bajase de las cumbres de Monserrate durante el combate que desde allí vería, razón por la cual el futuro héroe del Bárbula conservó su posición.”  (Ibáñez, 1891: cap41).  Este grupo de hombres sería el único que llegaría completo de regreso a Tunja.

El 9 de enero es el día considerado como el que se realizó la batalla. Desde la madrugada sucedieron combates en la Huerta de Jaime y en todo San Victorino; fueron los primeros ataques al interior de la ciudad, “Recibieron varias casas muchísimo daño de nuestra artillería.”, menciona Caballero.  (Caballero, 1974: diario6a).  Los hombres de Baraya se alistaban para tomarse la ciudad entera, pero cuentan las crónicas que una aparición femenina les advirtió que no entrarían a la ciudad y todo el enfrentamiento se concentró en San Victorino.  Para algunos se trató de una aparición divina, para otros fue la participación decidida de un grupo de mujeres santafereñas, que apoyando a su ejército y en medio de la confusión, lograron engañar a los hombres de Baraya y crear desorden en las tropas. Fue de este modo que se obtendría la victoria para los centralistas a pesar de la notoria minoría en número de hombres que tenían frente a los federalistas.

Pero la participación femenina de ese día no termina ahí, más adelante sigue siendo registrada por Caballero, testigo presencial de los hechos:

“pero como a las 7, poco más de la mañana, cuando se estaba en lo más fino del fuego, con el motivo de tanta mortandad, y de haber sacado el maestro armero don Mariano un cañón, por espaldas de La Capuchina a la Calle de la Alameda, y que a la primera descarga hizo un destrozo terrible, se le infundió de golpe un pavor y espanto, pánico, que echaron a huir vergonzosa y precipitadamente, y como que se caían de sus pies y los que venían detrás caían sobre éstos, que hacían barbacoas; los nuestros, viendo la fuga, los perseguían para acabarlos de desordenar; todos tiraban las armas para con más libertad poder huir; las mujeres nuestras, con tan varonil denuedo, se botaban a coger prisioneros, y se les rendían como a los capitanes más valerosos, unas con las mismas armas de ellos, que les quitaban, otras con palos de las cercas, que traían al hombro a modo de fusiles; traían en medio a 8, a 10, a 12 prisioneros y los presentaban al señor presidente; otras venían cargadas con cajones de metralla, de pólvora, con cañones y armas blancas y otra infinidad de despojos. ¡Cosa admirable!, y que yo lo vide, pues me hallé en el tiroteo.”  (Caballero, 1974: diario6a).

Finalmente, al terminar la jornada, los federalistas huyeron retirándose hacia Fontibón hasta donde fueron perseguidos por los santafereños, quienes lograron decomisar gran cantidad de armas y municiones, además de haber capturado más de 1.250 individuos del bando enemigo. Más aun, Nariño aprovechando la victoria, se valió de algunas estrategias para ganar adeptos:

“Pero la célebre política del general Nariño supo aprovechar este triunfo, atrayéndose la voluntad y simpatía de los vencidos. Dispuso que se les tratase con las mayores consideraciones… Entre los prisioneros notables que se alojaron en casas particulares, se hallaron los oficiales Francisco de P. Santander y Rafael Urdaneta. Esta acción hizo caer en nuestras manos, además de mil prisioneros, quinientos fusiles y gran cantidad de pertrechos.” (Espinosa, 1997: 16-17).

Algunos días después continuaron las persecuciones, los arrestos y las incautaciones por parte de los centralistas quienes organizados en grupos perseguían a los federalistas que huían hacia Tunja.  Nariño y su gobierno, en medio de fiestas y celebraciones, también se dedicaron a organizar a los arrestados en las diferentes cárceles y lugares acomodados como tal, mientras esperaban les llegaba la hora de su juicio.  Mientras los habitantes de la ciudad no paraban de agradecer a la providencia el haber vencido en la batalla y se dieron variedad de celebraciones religiosas.  Poco a poco Santafé fue recobrando su normalidad hasta que llegara el momento de iniciar de nuevo las disputas con el Congreso.

El enfrentamiento que a veces parecía tornarse personal entre Camilo Torres y Antonio Nariño, tomó una tregua a mediados de 1813 cuando llegó al interior del país la noticia que la provincia de Popayán había sido retomada por el ejército realista comandado por Juan Sámano.  Todas las provincias acordaron mandar tropas para apoyar a los patriotas del sur, y el presidente de Cundinamarca se ofreció a encabezar el ejército que combatiría a los realistas.  Así fue que el 21 de septiembre Nariño salió de Santafé con rumbo a la provincia de Popayán.  A cargo de la presidencia quedó Manuel de Bernardo Álvarez, quien no sólo era tío de Antonio Nariño, sino que además había demostrado ser un decido patriota desde el 20 de julio de 1810.

Las relaciones que continuó sosteniendo Álvarez con el Congreso no fueron las mejores, al parecer los acuerdos que había adelantado Nariño no fueron suficientes para el entonces mandatario encargado de Cundinamarca, quien de nuevo inició lo que podría llamarse una guerra de opinión con las Provincias Unidas, a través de sus representantes.  Así transcurrió el final del año de 1813 y la mayor parte de 1814.

Paralelos a los desacuerdos que se sucedían entre Cundinamarca y el Congreso que sesionaba desde Tunja, Simón Bolívar regresaba derrotado de la campaña que había emprendido con tropas y auxilios de la Nueva Granda por la liberación de Venezuela.  Cuando se conoció su llegada a Cartagena se le pidió que se presentara en Tunja para rendir cuentas al Congreso.  En su viaje hacia el interior, Bolívar pasó por Cúcuta donde se encontró con Urdaneta quien tenía la orden de viajar a Tunja con un grupo de hombres.  Así fue que los dos oficiales emprendieron su  marcha.

Luego se supo que las intenciones del Congreso eran someter por la fuerza a Cundinamarca para hacerla parte de las Provincias Unidas. Por esa razón se había mandado venir a Urdaneta, quien inicialmente había sido pensado para hacerse cargo de la misión. Sin embargo, ante la presencia de Bolívar en Tunja, y después que este cumplió su diligencia de declaraciones y descargos ante el Congreso, se decidió que fuera él quien se encargara del asunto.

El 29 de noviembre de 1814 se supo en Santafé de la declaratoria de guerra del Congreso contra la provincia de Cundinamarca.  Con tremenda noticia, la ciudad entera comenzó los preparativos de defensa y se notificó a las poblaciones de toda la provincia para que presentara en la capital a todos sus hombres armados.  El alboroto se hizo más grande cuando se conoció que el militar a cargo era el venezolano Simón Bolívar de quien no se tenían muy buenas referencias por ser considerado un extranjero cruel y  malvado, que había malgastado los auxilios del Congreso en una descabellada misión en Venezuela.

José Manuel Restrepo, describe el clima que se vivió en Santafé ante la alarma de una nueva guerra civil:

“Luego que se traslucieron en Santafé los preparativos que hacia el gobierno general para reducir por la fuerza á Cundinamarca, la faccion dominante se alarma, y el dictador Alvarez trata de sostenerse por cuantos medios le sean posibles.  Publica bandos exigiendo que todo hombre se aliste, reune la oficialidad para comprometerla á que le defienda: llama á los Españoles que residian en la ciudad y convoca á los de fuera para armarlos á todos: procura por conducto de los facciosos desacreditar al general Bolivar con imposturas y calumnias, y arrastra en fin á los calabozos á unos cuantos ciudadanos honrados, que eran conocidos con el nombre de federalistas.  Entónces fué cuando algunos eclesiásticos sediciosos, entre ellos Juan Manuel Tejada, enemigos de la paz y del buen órden, prostituyendo sacrílegamente su alto y pacífico ministerio, se presentaron en las calles y en las plazas, predicando la guerra, la desolacion y la venganza.  Profiriendo mil imprecaciones y maldiciones horrendas contra el general y los soldados de la union, á quienes atribuyen los crímenes mas atroces: escitando el fanatismo de los habitantes de la capital haciéndoles creer que era una guerra en que se interesaba la religion santa de Jesucristo: y finalmente tratando de persuadir que un egército cuya mision tenia solo por objeto libertar á Santafé de la tiranía, y unirla con las demas provincias sus hermanas, venia á destruir la religion, saqueando los templos, violando las vírgenes, atropellando los sacerdotes, profanando los vasos sagrados.”  (Restrepo, 1827, tomo V: 108-110).

Después de emitir las disposiciones para reunir a los hombres armados, se inició la construcción de trincheras y fuertes en los sitios de San Diego y San Victorino, al tiempo que Álvarez, el 3 de diciembre, reunía a la representación nacional con el fin de responder una intimación hecha por el Congreso en la que lo invitaban a unirse pacíficamente a las Provincias Unidas. El documento enviado desde Tunja decía:

“Si V. E. quiere, pues hacerlo, y dar á la Nueva – Granada un dia de gloria y alegría, en lugar de los de lágrimas que debe temer Cundinamarca si es ocupada por la fuerza, las provincias y su gobierno general se congratularán de estrecharla en brazos de la union fraternal por que suspiran: un velo impenetrable cubrirá entónces las diferencias hasta ahora ocurridas, en razon de las cuales el gobierno ofrece la mas solemne garantía d epersonas y de propiedades.  Entre, pues, V. E. por esta puerto al seno de la paz, respondiendo de conformidad, y dentro de seis horas de cómo recibiere V. E. esta intimación, cuya respuesta deberá tener este gobierno en sus manos al tercer dia del espresado recibo: 1º que ese gobierno reconoce y obedece la autoridad del gobierno general de las provincias unidas, como ellas le reconocen y obedecen, según la acta de federacion y reglamentos de reforma que se acompañan; 2º que estan á disposicion del mismo gobierno general las tropas con todas las armas, pertrechos y municiones que hubiere en almacenes ó fuera de ellos, verificando esta sumision con enviar dentro de las mismas seis horas las tropas armadas, municionadas y equipadas á incorporarse fraternalmente con las tropas del general Bolivar, para volar luego á los puntos en que convenga emplearlas para la defensa general; y 3º en fin, que inmediatamente estará reunido el colegio, que acaba de frustrarse ignominiosamente, puesto en libertad de dar los arreglos interiores sobre las bases de la acta y reglamentos espresados”.  (Restrepo, 1827, tomo V: 110-114)

Por decisión de los hombres reunidos, Álvarez contestó al Congreso asegurando que Santafé se defendería como fuera necesario, pero que no aceptaba su sometimiento ni la pérdida de su autonomía e independencia. Al día siguiente de la reunión se anunció que Bolívar y sus hombres ya habían iniciado la marcha hacia Santafé. Se decía que venía saqueando los pueblos a su paso, lo que animó a toda la población santafereña para continuar con vehemencia las labores del aseguramiento de la ciudad, que para ese momento ya se había enterado que la batalla que se avecinaba debía lucharla sola, pues las demás poblaciones de Cundinamarca habían declarado su adhesión al Congreso y su desconocimiento a los dictámenes de Álvarez.

“El general español, Don José Ramon de Leyva, mandaba las tropas de Alvarez, como en otro tiempo lo habia hecho con las de Nariño, y siempre contra el congreso.  Por su disposicion se dictan las medidas mas activas de defensa; se hacen anchos y profundos fosos en las entradas principales de la ciudad: se forman atrincheramientos, se apostan cañones de grueso calibre en los puntos por donde se teme el ataque: se obliga en fin á todo hombre útil á que tome las armas.”  (Restrepo, 1827, tomo V: 117).

Álvarez se enteró que el mismo día, 4 de diciembre, Bolívar estableció su cuartel general en Tocancipá e hizo ocupar por sus hombres Zipaquirá y el Puente del Común. Desesperado con la cercanía y con la inferioridad que parecían tener sus hombres frente al ejército de la Unión permitió que los españoles organizaran una compañía para la guerra: 

“Los españoles se habían organizado en Bogotá, con anuencia de Alvarez, en una Compañía de a caballo bautizada con el nombre de San Fernando, que comandaba don Lorenzo Arellano, grupo de militares novicios, armados con sables, trabucos y pistolas, los cuales recorrían las calles con gran ruido, como si ya hubieran vuelto vencedores del combate.

Después de 1810 la reorganización de las milicias tenía por cabezas a caudillos americanos, es decir, criollos, y no tenían entrada los españoles si no estaban purificados. Alvarez cometió el grave error de permitir que volvieran los peninsulares, partidarios de Fernando VII, a hacer parte de la fuerza pública. ”  (Ibáñez, 1891: cap42b).

Para el 5 de diciembre, Santafé había concluido sus obras de ingeniería defensiva y distribuía sus tropas en puntos estratégicos para el combate:

“A 5 se concluyeron los fuertes de San Diego, La Alameda y San Victorino, y se pusieron cuatro cañones de a ocho en San Diego, tres en La Alameda y cinco en San Victorino y seis pedreros arriba de San Diego. Se repartieron las tropas: los Patriotas, a San Diego; Nacionales, a La Alameda; Auxiliar o Defensores de la Patria, a San Victorino, y Milicias en la plaza con cuatro violentos.”  (Caballero, 1974: diario7).

La espera no fue muy larga, el 7 de diciembre en horas de la mañana ingresaron a la ciudad, por el lado de Fontibón, las primeras tropas de la Unión. Bolívar acercándose cada vez más movió su cuartel general hasta el punto de Techo, en cercanías de Puente Aranda y desde allí escribió un documento a Manuel de Bernardo Álvarez, donde le aseguraba el buen trato si accedía a los términos planteados por el Congreso. También escribió al español residente en Santafé, Juan Jurado, desmintiendo lo que de él se decía en su contra y pidiéndole intercediera ante los dirigentes de la ciudad para evitar un enfrentamiento.  Pero los documentos enviados desde Techo no tuvieron efecto, pues Álvarez continuó rehusándose a ceder ante el Congreso y Bolívar continuó avanzando hacia la ciudad.

El 10 de diciembre en horas de la mañana inició la esperada batalla, las tropas de Bolívar entraron a Santafé por el barrio Santa Bárbara, el cual se tomaron, quedando este prácticamente destruido; también atacaron por el punto de San Victorino que igualmente fue ocupado.  Los combates duraron hasta el inicio de la noche cuando ambos bandos se retiraron para continuar a la mañana siguiente. Para ese momento los hombres de Bolívar ya habían penetrado en la ciudad hasta el barrio Belén donde establecieron su campamento. En la mañana del 11 de diciembre, en medio de la ya reanudada batalla, las hostilidades cubrían toda la ciudad.  El cronista Caballero describe el estado en que se encontraba Santafé durante el enfrentamiento:

“A 11, día domingo, se volvió a romper el fuego a las cinco y media de la mañana. Este día sí que no se han podido enumerar todos los lances que acontecieron: no cesó el fuego en todo el día hasta las siete de la noche. Ni de una ni otra parte se conoció ventaja, aunque de la nuestra se puede decir que la había, pues al general Bolívar se le habían acabado los pertrechos y municiones, y que había perdido mucha gente y varios oficiales. Por cuantas calles tiene la ciudad se hizo fuego, y fue muy rara la cuadra en que no quedasen enemigos muertos. Hubo esquina, que fue la de abajo de palacio, que en un solo montón había diecisiete cadáveres, y así había regados por todas las calles. ¡Asombraba la mortalidad! Creo que pasarían de 300 oficiales no más. Murieron once de nuestra parte; sólo veintidós entre un sargento y soldados. A los chapetones que cogieron en la fuerza del ataque los mataron a sablazos: dos por Belén; el uno era un tal don Vicente Vidal, que era sobrestante de la catedral, y otro que lo acompañaba; por La Gallera mataron a Quintana, que había sido fiscal real; por Las Nieves, a Balboa; otros por la Calle del Arco, con otros varios. Se suspendió el fuego a eso de las siete de la noche, y ofició Bolívar pidiendo armisticio hasta el otro día a las nueve, y que mientras mandaba por municiones a Fontibón, que si en este tiempo se le ha apretado, se desalojan con facilidad. Ahora pregunto yo: ¿Y la compañía de españoles y regentistas, tan formidable y preparada con tantas armas, que parecía que con ellos solos bastaba para vencer y triunfar de los enemigos, qué se hizo? Lo cierto es que yo no los volví a ver más ni ellos entraron en acción. Lo cierto fue que se escondieron todos y nos dejaron a nosotros metidos en el empeño. Hicieron lo que el capitán Araña, que embarcaba la gente y él se quedaba en tierra.”  (Caballero, 1974: diario7).

En medio de la cruenta guerra de ese día, se logró un cese al fuego de aproximadamente dos horas.  Por mediación del marqués de San Jorge José María Lozano, en cuya casa Bolívar había establecido su cuartel y estado mayor, se iniciaron negociaciones entre el mismo Bolívar y el general José de Leyva como representante del gobierno de Álvarez. Como no se obtuvo ningún resultado, se reanudó el combate en el que la ciudad cada vez con más fuerza iba siendo arrasada:

“Las de la union tenian que ganar el terreno palmo á palmo, casa por casa, y calle por calle y para cubrirse de los fuegos hubo que tomar en el barrio de Santa Bárbara, muchas manzanas ó cuadras rompiendo por dentro todas las casas hasta salir á la calle inmediata.  Estas operaciones costaban la sangre de muchas víctimas, cuyo valor era digno de una causa mas bella.  El pueblo bajo oponia una resistencia terrible.”  (Restrepo, 1827, tomo V: 122)

También Pedro María Ibáñez refiere los destrozos ocurridos en la ciudad por la legendaria batalla del 11 de diciembre:

“En el Observatorio se habían encargado de vigilar los movimientos de las tropas de la Unión don Benedicto Domínguez, don Francisco Urquinaona y don Miguel Tobar, los que fueron hechos prisioneros y retenidos como rehenes. La soldadesca destruyó algunos de los libros, instrumentos y dibujos que se guardaban en ese templo de la ciencia, y varios objetos de los que se custodiaban en la casa contigua al Oriente, de la Expedición Botánica.”  (Ibáñez, 1891: cap42b).

En la mañana del 12 los santaferños estaban reducidos a la Plaza Mayor que se encontraba totalmente rodeada y sitiada sin suministro de agua y víveres; la ciudad y sus hombres no aguantaba más y también las tropas de la Unión escaseaban en pertrechos, razones suficientes para que se decidiera no iniciar de nuevo la batalla.  Álvarez personalmente, acompañado de José de Leyva, se dirigió a Bolívar con quien sostuvo una conversación logrando un acuerdo en el que se hacía entrega formal y total de la ciudad, se reconocía al Congreso de la misma forma que las demás provincias de la Nueva Granada y se ponía a disposición del general en jefe todas las armas y artículos de guerra. A cambio de esto, las tropas de la Unión se comprometían a respetar las vidas y propiedades de los habitantes de Santafé y Cundinamarca, sin hacer distinción de origen.  A las nueve de la mañana, las tropas de Bolívar hacían posesión de los cuarteles de Santafé. El balance del finalizado enfrentamiento es narrado por Restrepo:

“Tal fué el resultado de la espedicion dirigida contra Santafé.  Según relaciones fidedignas no bajó la pérdida del egército que mandaba el general Bolivar de doscientos hombres, aunque otra cosa digeran los boletines, y cuatro oficiales muertos con cien soldados heridos.  Los sitiados tuvieron una pérdida menor.  Consistió la de las tropas de la union en que no conociendo bien la ciudad, los soldados se avanzaban en partidas por las calles, y cuando se hallaban descuidados les cortaba el paisanage y tropa de línea de los sitiados, que no les daban cuartel.  Santafé á pesar del valor que desplegaron sus defensores padeció mucho en los ataques.  Como los soldados de la union se apoderaron de casi toda ella á la punta de la bayoneta, fué imposible contener el saque especialmente en el barrio de Santa Barbara: los venezolanos irritados quitaron tambien la vida á algunos españoles europeos.  Mas nada fué tan sensible para los amantes de las ciencias, como la pérdida de los manuscritos, libros é instrumentos que los cuidados del célebre doctor Mútiz y del astrónomo Caldas, habian acumulado en el observatorio astronómico del jardin de la espedicion botánica.  Un batallon venezolano de las tropas de Bolivar se apoderó de aquella posicion: desde alli incomodaba á los sitiados que colocando un cañon enana galería del antigüo palacio de los virreyes batieron el observatorio.  El edificio padeció, y los soldados saquearon ó despedazaron cuanto contenia el observatorio, libros, instrumentos y papeles. ¡Tristes consecuencias de las discordias civiles!  El congreso practicó despues de la terminacion de la guerra las mas activas diligencias para recoger todo lo que se habia perdido; mas fueron vanas, pues muy poco se pudo recuperar aun ofreciendo premios á los que presentaran los efectos substraidos.

El general Bolivar dio cuenta inmediatamente al gobierno general, de la capitulacion de Santafé, manifestando los motivos poderosos que le habian impelido á conceder unas condiciones tan decorosas á Cundinamarca.  El gobierno general recibió con el mayor alborozo tan plausible noticia; aprobó la capitulacion, decretando regocijos públicos y acciones de gracias en cada una de las provincias por la incorporación de Cundinamarca.  Este acontecimiento se miraba justamente como de una vital importancia para la consolidacion de la República.”  (Restrepo, 1827, tomo V: 123-127).

Después de terminado el enfrentamiento y con los saldos de vidas y bienes descritos por Restrepo, las tropas de ambas partes se unieron para limpiar los destrozos de la ciudad, reconstruir algunas de las viviendas afectadas, enterrar a los muertos y curar a los heridos.  El gobierno de Manuel de Bernardo Álvarez fue disuelto y el Congreso se dispuso para convertir a Santafé en su sede, posesionándose en ella en el mes de enero de 1815. Mientras tanto, Bolívar, quien por la victoria mereció del Congreso su nombramiento el 15 de diciembre como Capitán General de los Ejércitos de la República, estuvo a cargo del gobierno de la ciudad y de la instalación del nuevo orden.

Por ser la sede del gobierno general, Santafé se enfrentó en los siguientes años a violentas incursiones que simbolizaban la victoria del bando que ingresaba con el poder, como sucedió por ejemplo, en mayo de 1816 cuando las tropas de la reconquista al mando de Morillo, tomaron posesión de la capital y fusilaron a un sinnúmero de patriotas.  Sin embargo, durante el siglo XIX, la historia no registró más batallas como las sucedidas en 1812 y 1814.

BIBLIOGRAFÍA

CABALLERO, José Maria.  Diario de la Independencia.  Bogotá.  Talleres gráficos Banco Popular.  1974. Disponible en: http://www.lablaa.org/blaavirtual/historia/diarioindep/diario7.htm

ESPINOSA, José María. Memorias de un abanderado. Santafé de Bogotá. Colseguros. 1997.

IBÁÑEZ, Pedro María.  Crónicas de Bogotá.  Tomo III, capítulos XLII y XLIII.  Bogotá.  Disponible en: http://www.lablaa.org/blaavirtual/historia/cronic/cap42a.htm

RESTREPO, José Manuel.  Historia de la revolución de la república de Colombia.  Paris.  Librería Americana, Imprenta de David.  1827.

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