anecdotas

Me pregunto, a nombre de este ideal científico ¿hay que excluir la anécdota del conocimiento histórico? No lo creo. Al contrario, habría que hacerse la siguiente pregunta, para muchos impía: ¿lo anecdótico contribuiría a una historia científica?

 

 

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notables tundama
Habitantes notables de la provincia de Tundama. Álbum de la Comisión Corográfica,
Carmelo Fernández, 1851

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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notable jose maria espinosa
El célebre Gonzalón. José María Espinosa, acuarela y tinta china sobre papel, 1860. Museo Nacional de Colombia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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escena jocosa
Escena jocosa. Vagamunderías bogotanas. José María Espinosa, 1870 - 1880. Museo Nacional de Colombia

 

¿Qué sería la historia sin lo anecdótico?

por Roch Little
Departamento de Historia
Universidad Nacional de Colombia
Sede Bogotá

Un día, en el calor de un debate parlamentario, Winston Churchill trató de imbécil a un diputado de la oposición. Obligado a presentar excusas, el temperamental primer ministro lo hizo de la siguiente forma: “dije que el diputado es un imbécil, eso es cierto, y lo lamento mucho.” ¿Se excusó? Cada vez que abro un debate sobre esta anécdota, las opiniones están divididas: los unos dicen que sí, los otros, que no; aunque cada quien aporta sus argumentos, válidos por si mismos, nunca llegamos a una respuesta definitiva. No obstante, todos estamos de acuerdo sobre un punto: esta anécdota da fe del brillante político que Churchill era. Un buen ejemplo de sutileza. Y todo el mundo sonríe en el espacio de un instante.

Lo confieso. A menudo recurro a las anécdotas en mis conferencias o en mis clases. Quizás demasiado, porque algunos de mis estudiantes lo han reprochado de manera periódica en las evaluaciones docentes. ¿Tienen razón? Por el momento no responderé a esto, aunque no me sorprende del todo el reproche. En efecto, pienso que estos estudiantes toman muy en serio los estudios históricos, ven en las anécdotas que cuento (a veces a profusión) las reminiscencias de una concepción de la historia que numerosos colegas, bien intencionados, les enseñaron a despreciar. Nada más erróneo. Pero, si nos detenemos a pensar: San Luís dando justicia debajo de un roble… Es una bella imagen romántica, aunque, ¿nos es útil para comprender su reinado? Los amoríos de Luís XVI y de Madame de Pompadour… Detalles tan truculentos como inútiles; en efecto, ¿qué nos pueden enseñar sobre la profunda crisis de la monarquía que se inició bajo su reinado, preludio a la revolución? Y qué decir de esta: Marx que embarazó a la empleada y cuyo amigo Engels, para evitar el escándalo, asumió la paternidad… Detenerse sobre estas pamplinas cuando se considera de mayor relevancia la comprensión del pensamiento de uno de los más grande espíritus del siglo XIX, fundador de una filosofía de la historia que tantas repercusiones tendrá sobre el futuro… ¡El profesor seguramente debe ser anticomunista!

En fin, la historia es hoy día una ciencia, una disciplina seria que busca comprender el presente a través del pasado, para algunos con la intención - muy noble - de construir el futuro. Todos nuestros clásicos del siglo pasado lo proclamaban. Entonces las anécdotas son un superfluo que no aporta nada a la reflexión. Para muchos historiadores, lo anecdótico pertenece a una época consumida, a una “historia de bronce” (en nuestro país, también se suele denominar como aquellos años de la Academia Colombiana de Historia). Para otros, más despectivos aún, sería parte del terreno del amateurismo; tal como ven la historia regional escrita por los intelectuales de las pequeñas ciudades de provincia. En breve desde esta perspectiva, el uso de lo anecdótico daría cuenta de una práctica light de los estudios históricos, que la institución universitaria y una estricta formación disciplinaria supieron felizmente eliminar.

Sin embargo me pregunto, a nombre de este ideal científico ¿hay que excluir la anécdota del conocimiento histórico? No lo creo. Al contrario, habría que hacerse la siguiente pregunta, para muchos impía: ¿lo anecdótico contribuiría a una historia científica? Me sería imposible responder estos cuestionamientos en las pocas líneas que me han sido atribuidas para este ensayo. Aún así, tengo la intención de aportar algunos elementos que nos acerquen al problema, más que una solución a éste.

He exagerado un poco en los párrafos anteriores. Recurrí a una serie de hipérboles - algunas con un fuerte tinte de ironía - con el fin de sazonar la idea central de este ensayo: privar la historia de lo anecdótico es tan ridículo como un arte culinario que pretendiera eliminar los condimentos de sus recetas. Bien utilizadas - de ello se trata, una cuestión de dosificación - las anécdotas aportan mucho al conocimiento histórico; proporcionando un soporte tanto pedagógico como narrativo.

Veamos algunos ejemplos.

En mis clases de historia europea, las cuales son particularmente densas por su carácter panorámico, recurro a la anécdota cuando siento que mis estudiantes se confunden y se pierden en los meandros de los grandes procesos y estructuras. Una buena anécdota juiciosamente escogida cumple dos funciones importantes: primero distiende el ambiente, disminuye la tensión y encauza de nuevo la atención perdida. En este sentido la anécdota es un instrumento pedagógico de gran utilidad, numerosos estudios en psicopedagogía han demostrado que la capacidad de concentración de un público promedio es de 20 minutos más o menos (incluso algunos reducen este tiempo en la era del video). De ahí la necesidad de romper el ritmo para revitalizar la atención del público. Hasta las más grandes personalidades académicas recurren a la anécdota; por ejemplo el famoso antropólogo Levi-Strauss mencionaba que toda conferencia pronunciada ante un público norteamericano debía obligatoriamente insertar uno o dos “buenos chistes” con el fin de asegurar su éxito.

La segunda función de la anécdota es aportar elementos de síntesis. En efecto, es una metáfora que ilustra brillantemente el “espíritu” de una estructura o de un proceso histórico, en las acciones concretas de los individuos. Dicho en otras palabras, la anécdota corresponde a estos “pequeños hechos divinos” que encarnan la totalidad en su más sencilla particularidad.

En primera instancia la anécdota aporta un soporte narrativo esencial en la articulación del conocimiento histórico. Hace parte de aquellas estrategias narrativas empleadas por más de un historiador (conscientemente o no) para hacer historia temática, estructural, problema o de larga duración, a través de personajes “típicos” en la banalidad de su cotidianidad1. La microhistoria fue pionera en el curso de los años 70 en la rehabilitación de lo anecdótico como fuente de conocimiento histórico, tal como lo hizo Carlo Ginzburg con su monografía sobre las vicisitudes del molinero Menocchio con la Santa Inquisición durante el siglo XVI2. Recientemente, el historiador británico Simon Schama se entregó a este ejercicio al escribir una historia del imperio Británico en el marco de una serie de emisiones producidas por la BBC3. Ésta, advierte el autor en el prólogo, no tiene la pretensión de presentar por qué y cómo Gran Bretaña llegó a ser el imperio más grande de la historia; mucho menos tiene la ambición de presentar tan largo proceso de manera exhaustiva. Es en la penetración del corazón mismo de la historia de Gran Bretaña que se ilustra la grandeza de este imperio, en sus latidos: en las reflexiones de una Mary Wollstonecraft imbuida en una ilustración rousseauista, sobre la emancipación femenina; en los clichés despectivos de un George Macaulay Trevelyan en su visión de la Gran Hambruna de Irlanda; o, en las inquietudes de la reina Victoria de combinar los deberes de la función real con los de madre ejemplar y viuda inconsolable.

Finalmente, la anécdota puede disimular lo que Nietzsche llama en la Genealogía de la moral la mezquindad que se disimula detrás de todo gran principio. Para referirme de nuevo al gran filósofo, la anécdota sería un avatar de una historia “hecha a martillo”, en el sentido de cumplir con un papel de desmitificación. Tomemos el caso de la rivalidad entre dos grandes personajes de la historia política polaca de la primera mitad del siglo XX, Roman Dmowski (1864-1939) y Józef Pilsudski (1867-1935). Al leer los estudios clásicos sobre el tema, hay una insistencia sobre los puntos de vista irreconciliables entre los dos personajes. Cuando eran militantes nacionalistas, Dmowski pensaba en una resurrección de Polonia con el apoyo de Rusia, mientras que Pilsudski, al contrario apostaba a una reconstitución de un Estado polaco con el soporte de Austria-Hungría y Alemania. El primero era profundamente anti-alemán mientras el segundo era fuertemente rusofobito. Una vez adquirida la independencia, la rivalidad fue más fuerte que nunca: los historiadores la explican por medio de la oposición de las ideas políticas de derecha de Dmowski con el pasado de militante de izquierda de Pilsudski.

Se podrían relatar innumerables ejemplos al respecto; no obstante, pareciera que en el fondo la enemistad entre los dos hombres se debería… ¡a un lío de faldas! En efecto, según la biografía de Pilsudski escrita por Daria y Tomasz Nalecz, esta rivalidad vendría del hecho de que quien fue la primera señora Pilsudska, había sido antes la novia de Dmowski. ¡Ustedes habrán adivinado! El caso clásico del hombre que robó la novia de otro…4 ¿Oposiciones sobre trasfondo ideológico? ¿Divergencias políticas irreconciliables? Quizás. Aunque, como suelen decir los franceses: ¡Cherchez la femme!

Las anécdotas como la “sal” del conocimiento histórico y como toda metáfora, son polisémicas. La meta de este ensayo ha sido mostrar algunas de sus utilidades. Por una parte pueden encubrir el espíritu mismo de un fenómeno histórico; por otra, tienen un fuerte poder de síntesis. Pueden ser tomadas como adornos de un relato, como en el caso de las conferencias; aunque, las teorías narrativas actuales han mostrado la seriedad e importancia de ello. He enumerado en este ensayo algunas de las posibilidades cognitivas de la anécdota en el conocimiento histórico; la lista no pretende ser exhaustiva, ella acaba donde termina nuestra imaginación.

Relata Horacio Rodríguez Plata en su libro Santander en el exilio:
nicolasa y santander
Nicolasa y Santander, por Pilar Caballero. Tomado de: Jaime Duarte French. Las Ibañez. Fondo Cultural Cafetero, Bogotá, 1981.

Después del regreso de Santander a Bogotá en octubre de 1832, continuó sus relaciones con doña Nicolasa y no era para menos, no sólo porque la fidelísima y apreciable señora le había manejado abnegadamente, junto con don Juan Manuel Arrubla, sus intereses, sino porque, además, había sido durante los cuatro últimos años, su fervorosa defensora contra los atropellos de la dictadura a sus bienes y a su honra, por lo cual había sufrido cárcel y confinamiento, a más de que había sabido mantener constantemente la llama de ese amor.

¿Y hasta qué época se mantuvo el idilio? Claro es que no tiene por qué existir correspondencia entre ambos en aquellos subsiguientes años, porque los dos vivían en la misma ciudad de Bogotá. En 1835, según relato que al autor de este libro le hiciera el historiador y jurista eminente, doctor Eduardo Rodríguez Piñeres, persona de insospechable rectitud y veracidad, el idilio continuaba. Referíamos el doctor Rodríguez Piñeres que en el año de 1905 viajaba en el mismo buque con el General Carlos Cuervo Márquez, nieto del doctor José Ignacio de Márquez, rumbo a Europa. Un día de navegación preguntó Rodríguez Piñeres a su amigo Cuervo Márquez si él sabía por qué se habían roto las íntimas relaciones políticas y personales entre el Presidente Santander y su ilustre antepasado el entonces Vicepresidente Márquez. Cuervo le refirió, según tradición de su familia, que cierto día de 1835, cumpleaños de doña Nicolasa, el doctor Márquez, a quien le impresionaban la belleza y señorío de doña Nicolasa Ibáñez, ya viuda, la pretendió de amores, pese a su amistad con el General Santander. Relataba el General Cuervo que su abuelo Márquez se encontraba de visita en la casa de doña Nicolasa, cuando Santander llegó a cumplimentar a su antigua amada. Indignado por la presencia allí de quien en ese momento consideró como un intruso y poseído de incontrolables celos, alzó en vilo al doctor Márquez, que era de pequeña estatura, y pretendió lanzarlo por la ventana del segundo piso hacia la calle. Doña Nicolasa, con energía propia de su carácter, tomó .del saco levita a Santander y con decisión le estorbó lo que pretendía hacer. Santander, sin pronunciar palabra, se retiró de aquel, para su espíritu dolorido, sorpresivo escenario. Desde entonces se cavó un abismo entre los dos altos personajes, que mucho incidió en la historia de Colombia.

Y se preguntan los historiadores que no saben de este episodio. ¿Por qué Santander que hasta entonces mantuvo tan estrecha amistad con Márquez, se opuso a su candidatura para sucederlo y luego fue su empecinado enemigo? La escena anterior es la mejor respuesta. Cabe aquí recordar una copla española, muy antigua, que es a manera también de una de las tantas interpretaciones del discurrir de la historia:

Válgame Dios no hay remedio,
en todo humano litigio
a no obrar Dios un prodigio
habrá faldas de por medio
.

La división del santanderismo, iniciada entonces, entre los bandos que se llamaron liberales exaltados partidarios. De Azuero y Obando y liberales moderados partidarios de Márquez, en la lucha electoral para suceder a Santander en el mando supremo, terminó a la postre con la fundación, años después, de los partidos políticos liberal y conservador que desde entonces han venido haciendo la historia del país.

Tomado de: Horacio Rodríguez Plata. Santander en el exilio. Editorial Kelly, Bogotá, 1976, págs 306-307.


1. Para saber más sobre las estrategias utilizadas en la escritura de la historia, el lector puede referirse a Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica, 1992, 432p.
2. Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, Barcelona, Muchnik Editores, 1981, 256p.
3. Simon Schama, Auge y caída del imperio británico, Barcelona, Crítica, 2004, 550p.
4. Daria Nałęcz y Tomasz Nałęcz, Józef Pilsudski, legendy y fakty [Józef Pilsudski, mitos y hechos], Poznán, Młodziezowa Agencia Wydawnicwa, 1986, 320p. La historiografía polaca de la segunda postguerra recurría a menudo a lo anecdótico para descalificar los personajes históricos desconsiderados por el régimen comunista (1945-1989). La idea consistía en poner en evidencia el carácter pueril de estos “héroes” del pasado en oposición a la dedicación de los héroes socialistas y comunistas. Véase Roch Little, “Le mythe du héros antisocialiste contre le mythe du héros antisocialiste. Le débat sur Pilsudski dans l’historiographie polonaise d’après-guerre (1945-1989) », Tesis de Doctorado, Québec, Université Laval, 1994, 298p.

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