Bogotá, 15 de julio de 2008
Apreciados amigos y amigas:
Hace 200 años, por estos días, llegaban al Virreinato de Nueva Granada noticias inquietantes del otro lado del Atlántico.
Como siempre, se conocían un par de meses tarde, luego de que los barcos atracaban en los puertos del Caribe con su cargamento de mercancías e información, que los correos llevaban en champanes y a lomo de mula hasta Santafé.
Se supo entonces que, el 2 y 3 de mayo, los insurrectos españoles que se habían levantado contra las tropas francesas invasoras habían fracasado en el intento, y sus líderes habían sido pasados por las armas, el Rey, la Reina y el Príncipe deseado eran apresados por Napoleón.
Cualquiera que visite el Museo del Prado y se detenga frente al estremecedor cuadro de Francisco de Goya, “Fusilamientos de la Montaña del Príncipe Pío”, podrá sentir cómo el artista, a la manera de un reportero gráfico de su tiempo, plasmó en el lienzo el horror de las ejecuciones y el arrojo de esos valientes que sacrificaron su vida por los ideales y la dignidad de su pueblo.
El concepto de insurrección no era nuevo para las colonias americanas. Ya habíamos conocido en carne propia el levantamiento de los comuneros santandereanos en 1781, y habíamos contemplado con admiración la guerra de independencia que habían librado con éxito las colonias de Norteamérica y el mismo triunfo de la Revolución Francesa, cuyo ideario de libertad, igualdad y fraternidad encontró terreno fértil en los intelectuales criollos.
Hace dos siglos, al conocerse las noticias de la insurrección madrileña, y el apresamiento de la Casa Reinante, comenzó en las colonias un proceso de desencantamiento que hizo temblar las seguridades y certezas sobre las cuales habíamos construido nuestro mundo.
El universo colonial que durante tres siglos había atrapado las mentalidades de las gentes de entonces se hizo, de pronto, menos real, como si comenzara a deshacerse en nuestra mente, al enterarnos de que la potencia que lo regía sufría ella misma los vejámenes de una invasión extranjera.
Tal vez entonces no lo sabíamos, pero en ese momento comenzó a gestarse nuestro ingreso a la modernidad, y se dio inicio al complejo engranaje de acontecimientos que habría de llevarnos, dos años después, a nuestro grito de independencia.
Han pasado dos siglos desde entonces y hoy podemos afirmar, como entonces, que comenzamos a sentir los aires premonitorios que nos llevarán, en dos años, a un clímax de celebración y unión nacional.
En dos años los colombianos todos, en cada rincón de la patria, unidos en un solo propósito de hermandad y de paz, recordaremos los hechos históricos del 20 de julio de 1810 y nos apropiaremos de su significado para seguir construyendo un proyecto colectivo de nación.
La historia es el ejercicio de buscar los orígenes para una mejor comprensión del presente. Por ello, desde ahora, estamos volviendo los ojos y la mente a esos días cruciales de comienzos del siglo XIX, para entendernos mejor en los tiempos actuales y para proponer las metas del mañana.
Y no estaremos solos. Muchos otros países de América Latina, con semanas o meses de diferencia, estarán celebrando en 2009 y 2010 el bicentenario de sus primeras juntas autónomas de gobierno, de esos levantamientos populares que habrían de conducirlos a la independencia definitiva.
Será una conmemoración hemisférica que en Colombia tendrá una connotación especial, más aún porque los hechos de Santafé se expandieron como pólvora por todo el Virreinato de Nueva Granada, que entonces incluía a los territorios de lo que hoy son Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela, además de regiones del norte del Perú y de Brasil.
¿Qué significó el 20 de julio para los colombianos? ¿Cómo nos marcó ese grito de independencia en nuestros orígenes como nación? ¿Cuál es la patria que hemos construido sobre las bases que comenzaron a forjarse en esa fecha histórica, a pocos metros de donde hoy nos encontramos? ¿Qué proyecto de país nos une ahora, cuando enfrentamos los retos y cambios del siglo XXI?
A responder estas preguntas que a todos nos atañen destinaremos los esfuerzos de los próximos dos años, en una tarea que unirá, -bajo la orientación de la Comisión de Honor que hoy instalamos y la coordinación de la Alta Consejería para el Bicentenario de la Independencia-, a las diversas instancias del gobierno nacional, a los poderes públicos, a las autoridades regionales, al mundo académico y al sector privado del país.
De este bicentenario habrá de salir una Colombia más unida, más orgullosa de sus raíces y con más fe en su porvenir, consciente de su patrimonio histórico y cultural, enamorada de su historia, y comprometida con la construcción de un futuro de paz, tolerancia y desarrollo.
Esta conmemoración será el gran foro público sobre los valores, ideas y temas que nos congregan en un proyecto común, entre ellos, libertad, autonomía, democracia, descentralización, ciudadanía, diferencia, diversidad, multiculturalidad, desarrollo sostenible e historia.
Los colombianos debatiremos desde lo local, regional y nacional lo que somos y soñamos ser como nación.
Se trata de un recorrido por el alma de la patria que tendrá como bitácoras, entre otras, la Constitución Política, el Documento “Visión Colombia 2019”, el Plan Nacional de Desarrollo y la Política de Seguridad Democrática.
Pero este viaje no lo podemos emprender solos. Requiere del concurso y la iniciativa de mentes lúcidas y corazones generosos que nos ayuden a darle un norte a esta celebración que, repito, es una celebración de todos y para todos.
Por eso es tan importante la Comisión de Honor del Bicentenario que hoy se instala.
Bajo la presidencia de doña Lina Moreno de Uribe, siempre comprometida con los temas esenciales de la nación, cerca de 30 colombianos (y un inglés con alma de colombiano), que representan diversas facetas de nuestro saber; de nuestra experiencia política, cultural, económica, científica y artística; de nuestra nacionalidad, serán el faro guía de esta conmemoración histórica.
Destaco la participación de los cuatro ex Presidente de la República que simbolizan, ellos solos, la historia política de nuestro país en las dos décadas que iniciaron en 1982 y culminaron en los primeros años del tercer milenio.
Los demás integrantes se destacan por su trabajo en diferentes áreas, como la historia, las ciencias sociales, el arte, la literatura, la economía, el derecho, entre otras varias, o representan a estamentos como las entidades territoriales, la Iglesia, las Fuerzas Militares, que forman parte integral de este conglomerado de sueños y realidades que es la nación colombiana.
Les agradezco mucho a todos por haber aceptado esta invitación con sabor a Patria para conformar la Comisión de Honor del Bicentenario.
Estoy segura de que, con su aporte, lograremos que el 20 de julio de 2010, y los días y meses que rodeen a este evento, sea recordado como una fecha en que Colombia se miró a sí misma en el espejo de la historia, y sonrió ante la imagen de un país unido en su diversidad y confiado en las bondades de su futuro.
Muchas gracias